viernes, 7 de noviembre de 2008

DAVID, DE PEQUEÑO PASTOR A GRAN REY (Aprox. 1010-970)

Vamos a conocer las diferentes lecturas de la llegada de David a la corte de Saúl, su vida y su reinado, sus conquistas, la expan­sión de su reino desde el Sur hasta el Norte de Israel, sus debilidades humanas y la reanudación del proyecto de Dios.

La historia de David

La historia de David es narra­da en el primero y el segundo li­bro de Samuel (1 Sam 16,1-30, 31; y todo 2 Sam) y en el primer libro de Reyes (1 Rs 1-2). Para facilitar la comprensión de la his­toria de David, vamos a clasificar las narraciones en tres grandes blo­ques: la historia de la subida de David al trono; las conquistas de David y su aclamación y corona­ción en Judá e Israel; y la historia de su sucesión en el trono de Da­vid.


La "historia"5 de la subida de David al trono: 1 Sam 16 - 2 Sam 4, 12

La historia de David comienza ya con la narración de su designa­ción y unción como rey, incluso antes de la muerte de Saúl. En la tradición de la monarquía en Is­rael, como vimos anteriormente, eran necesarias dos prerrogativas para que alguien fuera rey: la de­signación de parte de Dios, y la aclamación del pueblo. La primera narración sobre la designación de David de parte de Dios se encuentra en 1 Sam 16, 1-13.

David era hijo de Jesé, natural de Belén, de la tribu de Judá. Era el menor de ocho hermanos (1 Sam 16, l0-ll).De origen humil­de, era pastor de los rebaños de su padre. Dios envió a Samuel a casa de Jesé, en Belén, "porque ­le dijo- he visto entre sus hijos un rey para mí" (1 Sam 16, 1). Des­pués de que todos los hijos de Jesé pasaron delante de Samuel, Dios le indicó a quién debía ungir: "Levántate y úngelo: porque es él", David (1 Sam 16, 12; 2 Sam 2, 4; 5,3).

David fue aclamado inicialmen­te por las tribus del Sur, en Hebrón (2 Sam 2). Sólo siete años después fue reconocido como rey por las tribus del Norte (2 Sam 5). Pero desde la unción de David en su casa hasta su reconocimiento como rey pasaron muchos años. ¿Cómo es que este joven pastor fue a parar a la corte de Saúl?

Las narraciones bíblicas traen tres versiones diferentes sobre la presencia de David en la corte de Saúl. La primera dice que él fue invitado allí a tocar la cítara. Saúl pidió a Jesé que le permitiera al joven permanecer en la corte, para que, al tocar la cítara, aliviase su depresión. David se volvió, enton­ces, escudero del rey (1 Sam 16, 14-23). En esta función acompa­ñó al rey en la guerra contra los filisteos y tuvo gran éxito (1 Sam 17, 1-11).

La segunda narración (1 Sam 17,12-54) cuenta la historia de la llegada de David al campo de batalla donde Goliat, el filisteo, esta­ba desafiando a Israel. David in­tentó participar en la batalla por intermedio de sus hermanos, que servían en el ejército de Saúl, pero no consiguió nada. Alguien vio a David insistiendo en combatir con­tra Goliat y se hizo portavoz de su pedido donde el rey. Saúl lo llamó (1 Sam 17,31). David fue acep­tado, combatió contra Goliat y lo venció. Esta narración ignora el pedido de Saúl al padre de Da­vid, y afirma que éste se presentó ante Saúl y le pidió poder luchar contra Goliat, el guerrero filisteo. Y Saúl consintió en ello.

Más adelante, en el mismo ca­pítulo, se encuentra la tercera na­rración (1 Sam 17, 55 - 18, 5). Después de la victoria del peque­ño David sobre el gigante Goliat, Saúl le pregunta a Abner, jefe de su ejército: "¿De quién es hijo aquel joven?”... Saúl no obtuvo in­formación del general. Entonces mandó llamar de nuevo al héroe y lo tomó a su servicio. David co­menzó a proyectarse y a tener éxito en lo que emprendía: con eso le hizo sombra al rey. Saúl, entonces, pasó a perseguir a David, pues su estima por él se transformó en odio (1 Sam 18,6-16). Pero David lo­gró escapar de la muerte con la ayuda de su amigo Jonatan, hijo de Saúl (1 Sam 20).


Los textos manifiestan su preferencia para David

Está claro que los autores de los textos demuestran una gradual preferencia por David. Ellos lo presentan de una forma muy sim­pática, aunque no esconden sus debilidades y pecados. Lleno de bondad, de valentía en las con­quistas militares, dotado de cuali­dades humanas, artísticas y de liderazgo, afortunado, llega a ca­sarse con Mikal, hija de Saúl (1 Sam 22-30). Éste, por el contra­rio, es presentado como alguien incapaz en el plano político (1 Sam 31), indigno en el plano religioso (1 Sam 15, 10-31) Y desequilibra­do en el plano psíquico (1 Sam 19, 8-24), perdiendo gradualmente su prestigio inicial. El autor tenía la preocupación de resaltar la alian­za de Dios con el pueblo de Is­rael, el pueblo escogido y porta­dor de las promesas y del futuro Mesías, el cual vendría por medio de la dinastía de David, no de Saúl. Por eso, debemos leer estos textos con cuidado, para no caer en la ingenuidad de pensar que todo fue tan "limpio" para David como aparece en una lectura más superficial.


Las conquistas de David y su aclamación y coronación en Judá y en Israel: 2 Sam 5-8

Poco a poco David fue con­quistando su espacio y se impuso primero sobre las tribus del Sur y después sobre las tribus del Nor­te. Él había conducido una políti­ca personal, incluso antes de la muerte de Saúl. Gracias a su ha­bilidad, supo ganarse la simpatía de los diferentes clanes estableci­dos en el Sur (1 Sam 27,10-12; 30, 26-31). No participó en la batalla de Gelboé, que llevó a Saúl a la muerte, pero fue a Hebrón, donde fue reconocido como rey (2 Sam 2, 1-4). Después de la muerte de Abner, general del ejér­cito de Saúl (2 Sam 3, 22-39), y de Isbaal, hijo de Saúl (2 Sam 4, 1-12), los ancianos de Israel reconocieron a David como rey. David consiguió reunir la realeza sobre Judá e Israel.


Contexto histórico que pre­cede la subida de David al trono del reino del Norte

Isbaal, hijo de Saúl, fue pro­clamado rey por el general Abner sobre Galaad, Yizreel, Efraín y Benjamín y sobre otras regiones menores (2 Sam 2, 9-11). Por su parte, las tribus de Judá y Simeón, en el Sur, ya se encontraban bajo el gobierno de David.

Isbaal ordenó a Abner que marchase con sus adeptos para la Cisjordania, convocase su escol­ta personal y se confrontase con los mercenarios de David, liderados por Joab (2 Sam 2, 12 - 3, 1) en el territorio de Benja­mín. David consiguió negociar con Abner, quien pasó a estimular a los israelitas del antiguo reino de Saúl a aliarse con David, de manera que éste, ya como "rey" de Judá, con residencia en Hebrón, preparaba el camino para gobernar también a Israel. La respuesta de David a Abner la podemos leer en 2 Sam 3,13, y también el texto de 2 Sam 3,21 dice que "David despidió a Abner, que se fue en paz".

El problema no era entre Da­vid y Abner, sino entre Abner y Joab. Abner, general del ejército de Saúl, en la batalla de Gabaón había matado a Ashael, hermano de Joab (2 Sam 2, 22-23). Éste vengó la muerte del hermano ma­tando a Abner (2 Sam 3, 27)6. Da­vid quedó en una situación difícil. Ordenó que se hiciera un entierro solemne de Abner y él mismo si­guió el cortejo fúnebre y lloró la muerte del general (2 Sam 3,32 Y 38).

La muerte de Abner causó un fuerte impacto sobre Isbaal y los israelitas (2 Sam 4,1). Dos mer­cenarios de los seguidores de Saúl mataron a Isbaal y llevaron su ca­beza a Hebrón, esperando tener una recompensa de David, pero encontraron la muerte (2 Sam 4, 5-12), pues el rey los castigó por ese hecho.

David ya se había proyecta­do en Judá. Necesitaba a toda costa conquistar la confianza de las tribus del Norte, para no frus­trar sus planes. Los israelitas, a su vez, sin su rey Isbaal, sin Abner, jefe del ejército, y bajo la amenaza constante de los filisteos, se adhirieron a David, considerado el más fuerte del país (2 Sam 5, 1-3).


La unión personal de David con Judá e Israel

David se volvió rey de Judá e Israel. Su posición, sin embargo, no trajo cambios estructurales. Todo continuó como antes, aun­que el jefe de los dos grupos era el mismo. Era la unión personal de David con la casa de Judá y con la casa de Israel, sin englobar am­bas en un único nombre, el del rei­no de Israel. La unión personal es una forma de gobierno por la cual dos "naciones" –Judá e Israel- son política y administrativamente in­dependientes, pero tienen a un mismo soberano. Es una forma de gobierno conocida: hasta el siglo pasado, en 1939, Islandia y Dina­marca tenían esta forma de gobier­no. Cada nación tenía su propio poder legislativo, ejecutivo y judi­cial, pero las dos tenían al mismo soberano, el de Dinamarca. Lo mismo sucedió entre Portugal y España, alrededor del año 1550 d. C.

La ampliación del poder de David sobre las tribus del Norte fue el resultado de esta unión per­sonal. ¿Qué significa esto concre­tamente? Para Judá e Israel signi­ficaba mantener la personalidad política, conservando también la conciencia de su individualidad. Las tribus del Sur y del Norte no hicieron otra cosa sino someterse al poder supremo de David. No significaba aún un Estado totalmen­te unitario. Hasta entonces predo­minaba una estructura tribal. La monarquía estaba apenas en una fase inicial y embrionaria como una nueva forma de organización y de gobierno.

La unión personal que David creó entre las tribus del Norte y las del Sur nunca fue valorada suficientemente en su significado y en su problemática por las propias tribus, porque existía entre ellas la convicción de que Judá siempre había pertenecido a Israel, y vice­versa. Pero fue necesaria una alianza de Abner con David (2 Sam 3, 12-21) como punto de partida para que David fuera aceptado como soberano no sólo sobre Israel sino también sobre Judá.


Las estrategias políticas de David

David no fue un jefe ocasional como los Jueces, sino que desde un inicio fue un guerrero, apoyado en su propia tropa y en sus pro­pios éxitos, independientemente del control tribal y del reclutamiento militar. La monarquía de David te­nía en Judá una base firme y pro­metía duración. Hay indicios de que David buscaba ampliar sus metas políticas. Apenas fue ungi­do rey en Hebrón, buscó contac­tos con los pueblos vecinos (2 Sam 2, 7). No era una relación de guerra, sino de simpatía. Tenía re­cursos y poder, lo que le faltaba a Saúl. Poseía su tropa de merce­narios (1 Sam 22, 1-2) y tenía au­toridad plena sobre Judá (2 Sam 2,4). Conquistó la ciudad de Je­rusalén y en ella estableció su residencia. No necesitó del ejército de Judá ni del de Israel; sólo usó a sus mercenarios para conquistarla y ocupó la fortaleza de Sión, don­de se instaló (2 Sam 5,9). Por un lado, esto favoreció su neutralidad e independencia; por el otro, ex­cluyó toda posibilidad de reivindi­caciones y prerrogativas de parte de una u otra corriente de su reino.


La conquista de Jerusalén fue una acción estratégica, por ser frontera entre las tribus del Norte y las del Sur, y por estar relativa­mente aislada en lo alto de una montaña, lejos de la encrucijada de importantes vías de comunica­ción y separada geográficamente de la zona principal de la tribu de Judá. Debe su auge únicamente a la iniciativa de David. Él consiguió realizar lo que Saúl no logró: pa­sar de un Estado nacional/tribal a un Estado territorial, con fronte­ras más o menos estables y re­uniendo a las tribus bajo el poder del rey.


La población cananea y filistea del área rural situada en los terri­torios de las tribus del Sur y del Norte adhirió al dominio de Da­vid y fue tratada con derechos casi iguales a los de las tribus. La unifi­cación estatal fue un proceso len­to y progresivo hasta llegar a la madurez y autonomía política, con sus elementos étnicamente diver­sos. Al conquistar Jerusalén, Da­vid la transformó en capital de su reino. Compró la colina oriental, dándole el nombre de Ciudad de David, donde mandó construir un altar (2 Sam 24, 18-19); allí, más tarde, Salomón mandó edificar el Templo (1 Rs 6) y, anexo a éste en el lado sur, su palacio (1 Rs 7). La designación de Jerusalén y la compra de la colina de Sión fue­ron una acción estratégica, porque vincularon las tribus del Norte a la nueva sede del Arca, dándole a la ciudad una dignidad especial en el aspecto religioso. Jerusalén se vol­vió, a partir de entonces, el centro político, religioso y cultural del rei­no unido. David enfrentó muchos conflictos con los reinos vecinos para mantener esta unidad.


La expansión territorial en los tiempos de David

En los tiempos de David, el rei­no llegó a su máxima expansión territorial. Comprendía el área ocupada por las dos tribus del Sur y por las diez tribus de la región del Centro y del Norte. Sus habi­tantes eran esencialmente israeli­tas. El segundo contingente poblacional sometido al gobierno de David estaba constituido por los reinos conquistados, que le pagaban tributo: Edom, Moab, Ammón, Aram de Damasco y Aram-Sobá. En Edom y Aram de Damasco fueron establecidos go­bernadores israelitas, haciéndoles pagar tributos como súbditos de David (2Sam8, 1-14; 10, 18-19), mientras que los otros seguían con sus líderes locales, aunque bajo el control de la Corte de Israel. El tercer y último contingente poblacional sometido a la sobera­nía de David estaba constituido por los reinos vasallos de la Filistea (1 Cron 20, 4), GUeSur (2 Sam 3, 3; 13,37), Jamat de Siria (2 Sam 8, 9-10) Y Tiro, gobernado por Jiram (2 Sam 5, 11). Se trataba de un dominio complejo, desde el punto de vista administrativo, militar y político, pero hábilmente conducido durante el gobierno del rey David (2 Sam 3, 3; 13, 37)


El Estado de David: el poder comunitario se vuelve cen­tralizado

La formación de un gran Esta­do davídico es mérito personal de David, de su habilidad política y de su destreza militar. Algunas cau­sas favorecieron el crecimiento de la autonomía del reino. Egipto ya había perdido su hegemonía e in­fluencia sobre Canaán. Las ame­nazas de los filisteos, ammonitas, moabitas, edomitas y arameos de Siria fueron debilitadas por David, gracias a su capacidad diplomáti­ca y al apoyo interno que encon­tró en Judá y en Israel. Uniendo las fuerzas, constituyó un ejército profesional permanente. Constru­yó su residencia y organizó un Es­tado burocrático y autónomo.

En el segundo libro de Samuel (2 Sam 8,16-18; 20, 23-25), encontramos una lista de cargos distribuidos por David entre sus fun­cionarios: cargos militares que es­tán directamente bajo las órdenes del rey (las dos listas mencionan a Joab como comandante del ejér­cito, y a Benaías como comandan­te de mercenarios); y otros car­gos importantes, como los de he­raldo, sacerdote y secretario, tam­bién conocidos en su organización. Independientemente de las tribus, pero en su territorio, David orga­nizó un gobierno estatal entre los Estados de Judá y de Israel, un centro administrativo, un centro de poder que lleva en sí mismo su propia ley.

Las tribus lo permiten, pero dejan de influir sobre esta nueva evolución. Se apartan como portadoras de una formación política que, de ahí en adelante, es trans­ferida totalmente al rey y a sus fun­cionarios. La monarquía de David, desde el comienzo, fue diferente de la monarquía de Saúl. Éste ha­bía surgido de la tradición de los jefes carismáticos; fue un rey mili­tar sobre algunas tribus del Norte, pero sin apoyo seguro y perma­nente de todas las tribus, sin am­plia residencia y sin un cuerpo ac­tivo de funcionarios, como por el contrario ocurrió en el reinado de David.

La idolatría y la presencia profética de Gad y de Natán

Con David se inicia el llamado "sincretismo de Estado", que apuntaba a unificar también en el plano religioso a los varios pue­blos establecidos en el Estado. David quiso construir un templo para el Señor (2 Sam 7, 1-3). Natán aprobó la inspiración del rey, pero, posteriormente, lo des­aconsejó. El discurso giraba en tomo a la "Casa de David" enten­dida como estabilidad de su des­cendencia, y no en torno al Tem­plo.

En el discurso de Natán apa­recieron algunos elementos del culto cananeo que fueron incorpo­rados en la religión de Israel por medio del culto estatal: la ideolo­gía "regia"; la promesa de la di­nastía eterna (2 Sam 7, 15); la persona del rey adoptada por la divinidad (Sal 45, 7; 1 Rs21, 11­14); la pena de muerte para quien blasfema contra Dios y contra el rey (Is 8, 21); la vida eterna con­cedida al rey (Sal 21, 5); la supre­macía del rey sobre todos los se­res (2 Sam 23, 1); las funciones de protección y promoción social (2 Sam 21, 17; Lam 4, 20); su relación con la fecundidad de la tierra (Sal 72, 6-7.16); sus funcio­nes sacerdotales (como veremos más adelante, Salomón, al inaugu­rar el templo, hace oración por el pueblo y ofrece sacrificios).

David es duramente criticado a causa del censo promovido du­rante su reinado (2 Sam 24, 1). En la mentalidad religiosa del anti­guo Israel, todo era referido a Dios como causa primera. Hacer un censo de los que vivían o habían muerto era un derecho reservado a Dios (Ex 32, 32-33; 30, 12). Sólo Él tenía esta prerrogativa. Implícitamente, sin embargo, ha­bía el interés de actualizar la recaudación de impuestos, reforzan­do la explotación del rey sobre el pueblo, y evaluar la posibilidad de reclutamiento para el ejército. De ahí la recriminación del profeta. Por eso, David reconoce como un gran pecado la orden que ha dado (2 Sam 24, 10) Y pide perdón a Dios.

El profeta Natán reprende a David por otros dos pecados: ha­ber cometido adulterio con Betsabé, y haber mandado matar a Urías, marido de ella (2 Sam 12, 1-25). Al asumir este comporta­miento, David se portó como due­ño de la vida y de la muerte. Y este derecho sólo pertenece a Dios. Frente a una parábola que el profeta dirige al rey, éste se in­digna, no reconociéndose en ella. Cuando Natán señala el pecado del rey, David se arrepiente, y el profeta lee como castigo de Dios las desgracias que caerán sobre la Casa real (2 Sam 12, 10).

Ya de edad avanzada, David comenzó a enfrentar problemas a causa de la sucesión al trono. Absalón, su hijo mayor, fue el pri­mero en preparar el terreno para dar un golpe de Estado (2 Sam 15, 1-6). Condujo el reino de David a una verdadera crisis. David y toda la corte tuvieron que retirarse de la capital, Jerusalén, en la cual se quedó únicamente el harén (2 Sam 15, 13-23). Absalón llegó a proclamarse rey en Hebrónll (2 Sam 15,7-12). Sin embargo, la milicia de David logró poner en fuga a los rebeldes, y Absalón aca­bó siendo matado (2 Sam 18,1-32).

La segunda rebelión, capita­neada por Seba, fue provocada por la tribu de Benjamín (2 Sam 20,1), a la que pertenecía la fami­lia de Saúl. No aparenta ser una revancha de la familia de Saúl con­tra David, sino parece reflejar una enemistad entre Israel y Judá (2 Sam 20, 2). La rebelión fue dominada por la milicia de David. Seba fue muerto en una ciudad próxima a Dan, donde se había refugiado (2 Sam 20, 21-22).

Las circunstancias históricas que envolvieron la sucesión dinástica hereditaria en la casa de Da­vid no se dieron espontáneamen­te. La historia de la sucesión al tro­no de David es causa de muchas disputas entre los hijos del rey:


Absalón, como vimos arriba, Adonías (1 Rs 1, 5-7. 9-10) y Salomón (1 Rs 1,28-34). Ade­más de los hijos, otros pretendien­tes y partidos se formaron en la fase final de la vida de David, como: Joab, jefe del ejército; Abiatar y Sadoq, sacerdotes; y Benaías, jefe de los mercenarios. La historia de la sucesión está ro­deada de intrigas hasta la llegada de Salomón al poder, por la suge­rencia del profeta Natán a David y la insistencia de Betsabé con él (1 Rs 1, 11-40).

sábado, 1 de noviembre de 2008

EL ALTO PRECIO DE LA PROSPERIDAD

En este quinto capítulo vamos a estudiar el tiempo de la monarquía en Israel. El capítulo está organizado en cuatro temas: el primer tema trataremos de explicar las causas que llevó a algunas tribus a organizar un sistema de gobierno centralizado. En el contexto de la monarquía, el segundo tema, aborda la vida y el reinado de David; se trata de las conquistas de la expansión del reino, de sus relaciones con las tribus de Israel, de sus debilidades y deslices en relación del proyecto de Dios para el pueblo. En el tercer tema destacaremos el espíritu emprendedor de Salomón, especialmente en la construcción del Templo de Jerusalén, en la expansión del comercio y en la organización del culto a Dios, al igual que su lado flaco: la opresión de pueblo. El cuarto tema presentará el papel de los profetas que buscan alejar al rey y al pueblo de la idolatría y llevarlos a la fidelidad a Dios.

1. CAMBIO DE RÉGIMEN POLÍTICO EN ISRAEL

A simple vista, la monarquía creada por las tribus de Israel es una contradicción. Como ya lo hemos estudiado, ellos habían creado una federación de tribus en oposición a la monarquía de los reinos feudales de los cananeos. La federación de tribus es igualitaria, la monarquía no. ¿Por qué hicieron una monarquía? ¿Por qué tuvieron que cambiar el sistema de gobierno tribual? ¿Por qué ese modelo político? ¿No había otra manera de resolver los problemas internos y externos que las tribus enfrentaban?, eso es lo que trataremos de resolver en este tema.

Del sistema tribual al poder centralizado: recordemos que durante el periodo tribal, era el Juez quien tenía las fuerzas de las tribus para la defensa territorial de la tribu amenazada. Pero no faltaron las dificultades, por ello surgió la necesidad de una organización mayor y más estable, de un gobierno centralizado. La monarquía parecía ser la forma de gobierno más apropiada. Sin embargo, no surgió de repente, fue provocada por algunas causas internas y externas.

De un lado, la explotación de nuevas tierras y el uso de tecnologías agrícolas, aumentó la producción y la formación de un excedente, además de la sustitución de la mano de obra humana. Por otra parte, el buey pasa a ser una nueva rama de la producción.

El vino y el aceite son los principales productos agrícolas excedentes destinados al comercio. Además se tiene leche, el cuero y las crías de ganado bovino. El hecho es que la tecnología del buey resulta rompiendo una cadena igualitaria. La familia no alcanza a consumirlo (como sí consumía la oveja). Entonces la solución es darlo al comercio. El buey es sinónimo de riqueza que solo puede tener unas cuantas familiar. Esa riqueza hay que defenderla y preservarla.

Como es lógico, el aumento de la producción intensifica el comercio en las regiones próximas a Jerusalén que va adquiriendo interés comercial. Entonces se hace necesario proteger las caravanas. Surge, de esta manera, un grupo volcado a la actividad comercial.

La protección y defensa de la economía centrada en el buey lleva a la organización de un aparato guerrero permanente y no solo para los momentos de amenaza, que sea capaz de garantizar la existencia y reproducción de la economía y del grupo social por ella beneficiado.

Lo que constatamos, es que el ideal de una sociedad igualitaria falla, los compromisos adquiridos no se cumplen. La unidad de las tribus se dio muy irregularmente, es decir fue una unidad muy relativa. Se había hecho del compromiso de que cuando un extranjero agrediera a una tribu se unirían en la defensa. El hecho fue que varias tribus fueron agredidas y las otras tribus los dejaron solos. A esta situación hay que sumarle la invasión de Palestina por parte de los filisteos y su intención de acabar con las tribus y su deseo expansionista.

La situación militar de los filisteos era de enorme ventaja frente a los israelitas; tenían ejército regular y sabían de guerra, tenían mejor equipo militar, entre sus armas disponían de carros de guerra, etc. Por lo el contrario, los israelitas tenían disposición de salir a la batalla, pero no tenían un ejército regular, ni disponían de armas ni de caballos de guerra.

Institución de la Monarquía: Veamos ahora las causas más inmediatas recordando que los filisteos son los que dominan el territorio. Del santuario de Silo queda sólo un montón de ruinas; el arca de la alianza yace en casa de un particular, bajo la supervisión de los filisteos. Israel vive en medio de gentes que no conocen a Yahvé y se contamina con sus cultos sensuales. No existe santuario nacional donde pueda congregarse la asamblea de los hijos de Israel. Samuel, que tenía su residencia en Rama, se desplazaba periódicamente y visitaba Galgala, Masfa y Betel para ponerse en contacto con las gentes de las distintas regiones. Pero los años le aconsejaron limitar sus desplazamientos. De ahí que a la falta de un santuario se añadía la anarquía en el orden político y administrativo.

En el interior de los israelitas, urgía cada día más la necesidad de la unión entre las tribus que gozaban de gran autonomía. El medio para aunarlas era la institución de una monarquía. Edom, Moab y Amón habían implantado el régimen monárquico. El rey era un aglutinante en el interior y un caudillo que salía al frente de sus tropas para guerrear contra los pueblos enemigos.

En Israel, desde tiempo, existieron dos corrientes, una a favor y otra en contra de la monarquía (Jue 8:22; 9:1-6; 9:7-20).

En los libros de Samuel se vislumbran claramente estas dos corrientes antagónicas. Algunos textos son favorables a la monarquía: 1 Sam 9:1-10:16; 11:1-11; 15; c.13-14; otros, contrarios: 1 Sam 8:1-22; 10:18-25; c.12 y 15. Según la tradición favorable, la iniciativa de la monarquía parte de Dios, qué escoge a Saúl como libertador de su pueblo (9:16); la tesis de la segunda tradición es que la idea de la monarquía parte del pueblo, que pide un rey para ser igual que las otras naciones (8:5-20). La evolución de la idea monárquica toma incremento con ocasión del peligro filisteo, que exigía una acción común. De esta manera se justifica la corriente favorable a la monarquía. Saúl aparece como un continuador de la obra de los jueces: como ellos, es el salvador designado por Dios (9:16; 10:1), recibe el espíritu de Yahvé (10:6-10; 11:6), libertando, como ellos, a su pueblo (11:1-11; c. 13-14). Pero a esta elección divina corresponde, por primera vez, una aclamación popular después de la victoria sobre los amonitas (11:15). El jefe carismático, el naguid, 9:16; 10:1, se convierte en melek, rey, 11:15 (Les Institutions I 145).

De tribus reinos: monarquía en el antiguo Oriente Medio: ya desde el S. X a.C. algunos reinos, como Egipto, Asiria, Babilonia y Persia, llegaron a transformarse en grandes imperios; ellos, en periodos diferentes, dominaron la región de Canaán. Los reyes de estos extensos imperios dominaban grandes territorios, ayudados por ejércitos permanentes que permitían aumentar el área del imperio. El emperador tenía normalmente como sucesor a un hijo suyo.

Además de los grandes imperios, las tribus eran rodeadas de otros pequeños reinos monárquicos. Las Ciudades-Estados de Canaán eran gobernadas por los “reyes de Canaán”, que dominaban los territorios situados alrededor de la ciudad fortificada. Las relaciones de estos pequeños reinos con las tribus de Israel en general eran hostiles, aunque no representaban una amenaza vital. Además muchos de estos grupos, de vida y estructura tribal, adoptaron la institución de la realeza.

Poco a poco también las tribus de Israel fueron percibiendo que era necesaria una mayor unión, para hacer frente a esos pequeños reinos en casos de amenazas, principalmente de los filisteos y los ammonitas. En el periodo de Samuel, la presión de los filisteos aumentó; algunas tribus más prósperas sintieron la necesidad de tener a “un rey (…) como todas las naciones” (Sam 8, 5).

Los reyes eran representantes de los dioses: algunos poemas descubiertos en las regiones de Sumer de Fenicia, de los hititas y de los egipcios revelaron que el rey era una especie de mediador del orden, la justicia y la sabiduría supremos, establecido, en el mundo por la divinidad. El se hallaba en la cumbre de la comunidad nacional, con la que mantenía una relación única, llegando a afirmar que era “hijo de dios”.

En Israel, por el contrario, había inicialmente una gran resistencia a la monarquía, según le revela los textos de 1Sm 8; 10, 17-24; 12. Algunos textos bíblicos señalan las dificultades en tres diferentes aspectos: teológico, socio-económico y político.

En el aspecto religioso el optar por un rey significaba la sustitución de Dios por un hombre. En 1Sm 10, 17-24; 12 Dios se manifiesta resentido, al recordar todos los beneficios que realizó a favor del pueblo. 1 Sm 10, 19)

En aspecto socio-económico, Samuel presenta los prejuicios que en esta nueva forma de gobierno le traería al pueblo (1Sm 8, 11-18). Nada de esto asustó al pueblo. Fue confirmado el pedido, aunque no hubo unanimidad entre las personas. Poro el grupo más fuerte se impuso y manipuló a los demás.

En el campo político, el pueblo de Israel cayó en la tentación de imitar a los pueblos vecinos al pedir un rey como el que tenían los demás (1Sm 8, 19-22): “Nuestro rey nos juzgará, irá al frente de nosotros y combatirá nuestros combates”. Samuel, sintiéndose presionado, consultó al Señor acerca del pedido de los ancianos. Y el Señor le ordenó: “Hazles caso y ponles un rey”. Samuel, bastante contrariado, atendió ese pedido y ungió a Saúl como rey para la defensa del territorio contra la invasión de los Ammonitas (1Sm 12, 12) y de los filisteos (1Sm 9, 16b)

En Israel surge un nuevo proyecto sociopolítico: al final del periodo de los Jueces, ya había nacido la convicción de que era necesario formar un gobierno centralizado, al menos en la región del centro y en el Norte de Israel. Estas tribus admitían un origen común, creían en el mismo Dios y afirmaban el mismo destino. Aun así, no constituían un Estado.

Los jueces eran jefes carismáticos ocasionales, limitados en el espacio y en el tiempo; es decir, ellos actuaban en su tribu y tal vez en más de una (como por ejemplo Samuel, en tiempos de guerra). Las amenazas se volvieron cada vez un peligro crónico tanto de parte de los filisteos, situados en la franja litoral, como de parte de los ammonitas, en la región Este de la Transjordania, y de los amalecitas, en el Sur. La salida para Israel, era encontrar un jefe permanente que pudiese crear condiciones para organizar con mayor vigor el reclutamiento de las tribus. Era necesario un nuevo tipo de jefe: debería ser estable y tener un ejército permanente. Varias tribus, principalmente las prósperas (1Sm 9, 1; 11, 5.7), con excedentes de producción, quería una estructura polaca fija, con una cabeza hegemónica. En este contexto, Saúl fue escogido para ser el primer rey de Israel.

Saúl en busca de seguridad y paz: aproximadamente 1030-1010 A.c. Saúl fue escogido en medio de la expectativa de darse inicio a una forma de gobierno en Israel. No podemos decir que el haya ejercido el poder sobre las tribus de Israel (1 Sam 10, 26 ss.; 11, 12). Algunas de ellas adhirieron y acogieron su liderazgo, y él las congregaba, en defensa propia, en los momentos de amenaza y peligro. Pero el no llego a gobernar a todas las tribus.

A continuación vamos a analizar un poco las tres narraciones diferentes sobre la designación de Saúl como rey.

Saúl es ungido rey secretamente por Samuel. 1 Sam 9, 1-10,8. La primera narración introduce la persona de Saúl mediante un caso bastante curioso: la pérdida de unas asnas de Quis, padre de Saúl. Quis era de la tribu de Benjamin y hombre poderoso (v. 1). Envío al hijo a buscar las asnas que se habían extraviado. Saúl no las encostro y fue aconsejado a que consultara al “hombre de Dios”, Samuel quien recibió la revelación de que debería ungir a Saúl como jefe del pueblo de Israel (v. 16). Así, la narración introduce la idea de que la monarquía es querida por Dios, lo cual determina también quien será el rey. Samuel desempeña el papel de un simple y desconocido “vidente” (1 Sam 9, 6-9) y no de juez (1 Sam 10,1).

En este texto el profeta unge a Saúl en nombre de Dios. Este no significa que todo lo que Saúl haga desde aquel día en adelante tendrá la aprobación de Dios; sino que el texto resalta que la misión que le recibió debe ser conforme al plan de Dios, ejercida según el derecho y la justicia. El redactor bíblico, aquí trata de presentar a la persona del rey Saúl a semejanza de la de Moisés en el éxodo, el mismo que recibe de Dios, “quien escucho el clamor del pueblo” (Ex 18, 13-16,1 Sam 9,17).

Saúl es escogido por sorteo entre las tribus: 1 Sam 10, 9-27. En esta narración, Samuel convocó a todas las tribus de Israel y echó a suerte para saber entre cual de ellas seria escogido el primer rey. La suerte recayó sucesivamente sobre la tribu de Benjamin, sobre el clan de Matri y finalmente sobre Saúl, hijo de Quis. Y Samuel lo presento al pueblo, diciendo: “¿veis al que ha escogido Yahvé? no hay como él en todo el pueblo”. Entonces todos comenzaron a aclamarlo y a gritar:”! Viva el rey!” (1 Sam 10.24).El sorteo era un a forma de interpretar la voluntad de Dios sin la intervención humana. En esta narración, Samuel señala, desde un comienzo, como el pueblo ha rechazado a Dios al querer tener un rey (vv. 17-19). Seguidamente, no obstante esto, acoge la voluntad del pueblo, escoge a su rey y presenta a todos el “fuero real”, es decir, los “derechos del rey”, a semejanza de 1 Sam 8, 1-9.

Saúl es elegido por aclamación del pueblo: 1 Sam 11, 1-5. La tercera narración de la designación de Saúl como rey inicia con la descripción de la amenaza de los ammonitas contra los habitantes de Yabés de Galaad. La noticia llegó hasta Guibeá, la ciudad de Saúl. El pueblo quedó aterrorizado y comenzó a llorar y gritar. Saúl escuchó los gritos y el llorar del pueblo y pregunto que estaba pasando. Le contaron todo, y él, indignado, convocó a “todo Israel” para combatir a los ammonitas, venciéndolos. Entonces, Samuel convocó a todo el pueblo en Guilgal, y allí “Samuel fue proclamado rey delante del Señor”.

El motivo inmediato de su elección fue su calidad de guerrero, pues el obtuvo la victoria sobre los ammonitas, enemigos de Israel. El texto no especifica cuales fueron todas las tribus que lo aclamaron rey. Probablemente no fueron todas, pero con certeza la de Benjamin y tal vez algunas mas (v, 15). A partir de estas, Saúl formó su ejército permanente, escogiendo a Abner como jefe (1 Sam 14, 50). Debería ser un pequeño ejército, con una organización aun muy embrionaria, centralizada en la ciudad de Guibea, de la tribu de Benjamin.

La monarquía alternativa: escogido por Dios y aclamado por el pueblo. Las narraciones relativas a la subida de Saúl al trono- tanto que las revelan una resistencia a él como las que le son favorables evidencian dos puntos esenciales que aseguraron su realeza: Dios escoge a su representante, el rey, por medio del profeta (1 Sam 9, 14-17; 9, 26-10; 1, 10, 17- 21; 11,12-15); y esta designación es confirmada con la aclaración del pueblo (1 Sam 10, 24; 11,15).

Hay autores que señalan los dos elementos como esenciales en la monarquía de Israel. Esto significa que nadie podía llegar a ser rey en Israel por propia iniciativa. Se necesitaba la designación de Dios y la aprobación del pueblo. Se trataba de la monarquía del Señor, sobre una base reconocida y confirmada por la comunidad popular. El rey se hallaba exactamente entre el Señor y el pueblo. Teóricamente era el representante de Dios frente al pueblo y viceversa.

Pero hay un tercer elemento presente en los textos sobre el reinado de Saúl: el rey no podía pretender ser el único representante de señor ni el único intérprete de su voluntad. El debía someterse al control y a la crítica del profeta del Señor. Cuando el rey se negaba a seguir esta voz profética, se alejaba del ideal propuesto por el Señor y con esto era rechazado.

Saúl entre el gobierno tribal y el monárquico: la búsqueda de un nuevo proyecto. Saúl, correspondiendo a los intereses principalmente de las tribus más proféticas, fue designado para realizar la tarea de transición entre la vida tribal y la monarquía.

El cambio no fue hecho de una sola vez, sino poco a poco. No podemos decir que Saúl haya sido rey en el sentido pleno de la palabra. Él fue mucha más un jefe de reclutamiento tribal y un rey militar que mantuvo que mantuvo una tropa ofensiva. De hecho parecía que:

- No creó una organización estatal.
- No construyó propiamente una corte.
- No consideró a Guibeá como ciudad real.
- No construyó un palacio real en Guibeá, en el territorio de Benjamín.
- No tuvo a funcionarios estables que se considerasen autoridad central, responsable durante su jurisdicción.
- No promovió cambio alguno en las instituciones del culto y en la vida religiosa.

La monarquía de Saúl no tenía ninguna estructura burocrática, sino que estaba apoyada tan solo en el consentimiento de algunas tribus, dependiendo totalmente de ellas; aun así, alcanzó bases sólidas para una perfecta defensa de los territorios. Saúl no tenía capacidad para hacer frente al poder de los filisteos y fue víctima de ellos. Tanto para él como para sus seguidores de la región central de Israel la situación estaba perdida. Tal situación es presentada como un preanuncio del espíritu de Samuel, en el texto de la visita de Saúl a un nigromante (1Sm 28, 7-25). El resultado concuerda con el preanuncio de Samuel sobre el fin de Saúl y de su reinado (1Sm 31, 1-13).

Saúl, entre la fidelidad y la debilidad: sufrimiento y dificultades. Saúl enfrentó varios problemas que surgieron de sus limitaciones personales, así como de las personas influyentes y de la situación externa. Probablemente tuvo dificultad en adaptar a la antigua organización tribal las nuevas circunstancias del reino naciente. Fue criticado y luego abandonado por Samuel, quien lo había ungido rey. Ya no podía contar con su promotor y protector, el hombre de su confianza. Generó insatisfacción en el pueblo (1Sm 22,2) y perdió el prestigio dentro de su propia familia y entre sus servidores más cercanos (1Sm 22, 7-8). Perdió el apoyo y la confianza de David que, de guerrero suyo que era, pasó a ser su competidor (1 Sm 18, 5-8.11; 19,10). Manchó de sangre el ya debilitado gobierno, eliminando sistemáticamente los sacerdotes del Señor en el templo de Nob, cuyo jefe había tomado partido a favor de David (1 Sm 22, 6-23). Enfrentaba constantemente amenazas de los pueblos vecinos, sobre todo de los amalecitas y de los filisteos (1 Sm 15, 1-9; 23, 1-13). Saúl encontró dificultades para levantarse con sus propias fuerzas.

Diversos textos revelan las tensiones que agravaron la situación del rey. Algunos hechos incluso merecieron la desaprobación de Samuel. El primero fue el ofrecimiento de un sacrificio a Dios (1 Sm 13, 7-14). Frente al atraso y a la demora de Samuel, Saúl se adelantó ofreciendo un sacrificio de holocausto, porque temía quedar solo y ser abandonado por sus guerreros. Si todos le abandonaban, ¿Qué haría solo? La solución era ofrecer el sacrificio, con la finalidad de asegurar la presencia confiada de los guerreros para seguir con él en la guerra. El gesto fue interpretado como desobediencia y falta de confianza en el Señor.

Saúl es acusado de otras infidelidades, como la de quebrar el voto de ayuno, al comer sus soldados la víctima con sangre (1 Sm 14, 24-34), y la desobediencia al Señor al aprovechar al aprovechar del botín de guerra (1 Sm 15, 10-30). Presenta fuertes problemas psíquicos, como depresión, manía de persecución, etc. (1 Sm 16, 14-23). De allí en adelante Saúl cayó en descrédito, mientras que comenzó a ser resaltado David (1 Sm 18, 6-9)

Consideraciones sobre la monarquía de Saúl. La escritura de los textos bíblicos le hace a la monarquía de Saúl va más allá de su persona. Él fue escogido probablemente a causa de sus campañas militares (1 Sm 11) y fue investido de realeza sobre un territorio restringido, entre las tribus del Norte (1 Sm 10). Sus vínculos con el Sur eran muy escasos. El reinado terminó trágicamente en la batalla de Gelboé. (1 Sm 31, 8-13). Él esperaba conseguir el control de la planicie de Yezreel, una manera de obtener fácil intercambio con las otras tribus y tal vez la unificación territorial y política.

Desde el inicio Saúl enfrentó muchos problemas de orden político externo, con los ammonitas y los filisteos, y de orden interno, con Samuel, así como con el sacerdote de Nob y también con el joven David. No es fácil explicar históricamente las contradicciones existentes en las narraciones acerca del cambio de actitud en la vida de Saúl. Con mucha frecuencia él es visto como un “héroe trágico, malo y repudiado”. Para muchos estudiosos, esta interpretación no tiene fundamento histórico. Se trata de una tragedia literaria. Lo que parece histórico es el hecho que Saúl un comandante afortunado contra los filisteos y los ammonitas y tuvo un final trágico en el monte Gelboé, en su última batalla contra los filisteos (1 Sm 31, 1-13).

Territorio del “reino” de Saúl. El territorio sobre el cual Saúl reinó, al igual que otras naciones, no fue un Estado con fronteras sólidas y una administración independiente. Por el contrario, abarcó un área ocupada por las tribus de la región del Centro y el Norte de Canaán, excluyendo las dos tribus del Sur, Judá y Simeón. Muchos pretenden extender el dominio del reino de Saúl a todas las tribus. (1 Sm 15, 17.26.30). Saúl no reinó sobre las 12 tribus de la extinta confederación de Tribus de Israel. Hay quien duda incluso de que su reinado se extendiese sobre las tribus del Norte. Es cierto que abraca una parte de Galaad. Aun así, la realeza de Saúl tuvo como característica su autoridad militar.