martes, 21 de julio de 2009

UNA NUEVA POLÍTICA ILUSIONA AL PUEBLO

El pueblo judío, bajo el dominio de los Seléucidas, vivió momentos cruciales en su historia. Entre los reyes Seléucidas, Antíoco IV Epífanes se destacó por su intolerancia a las tradiciones culturales y religiosas, promoviendo la helenización de la sociedad judía. En este contexto, nacen los escritos de resistencia como Tobías, Judit, Eclesiástico y otros.


Israel bajo el dominio de los Seléucidas de Siria: 198-142 a.C.

Seleuco Nicátor era uno de los generales de Alejandro Magno, y dio inicio a la dinastía de los Seléucidas ya hacia el 313 a.C. Estableció su capital, Antioquía de Siria, y una residencia oficial en Babilonia. Él y sus sucesores, llamados Seléucidas, amenazaron varias veces a los Tolomeos hasta conseguir de ellos el dominio sobre la región de Judea, en el 198 a.C., en la batalla de Panión. La dinastía de los Seléucidas ya se había consolidado cuando Antíoco III Magno ocupó la región de Judea. Cinco reyes lo habían precedido en el trono, como se percibe en esta sucesión:


* Seleuco J Nicátor: 305/4¬281 a.C.

* Antíoco J Soter: 281-261 a.C.

* Antíoco II Teos: 261-246 a.C.

* Seleuco II Calínico: 246-226 a.C

* Seleuco IIJ Cerauno: 226¬223 a.C.

* Antíoco III Magno: 223¬187 a.C.

* Seleuco IV Filopátor: 187¬175 a.C.

* Antíoco IV Epifanes: 175¬164 a.C.

* Antíoco V Eupátor: 164¬162 a.C.

* Demetrio 1 Soter: 162- 150 a.C.

* Alejandro Balas: 150- 1 45 a.C.

* Antíoco VI: 144- 1 42 a.e. • Trifón rey: 142- 138 a.C.

* Antíoco VII: Sidetes 139¬129 a.C.


video

Del 129 al 64.a.C., se sucedieron las luchas fratricidas de los Sidetes. Nuestro interés se centra sobre todo en Antíoco III Magno -que conquistó a los Tolomeos la región de Israel-, Seleuco IV Filopátor y Antíoco IV Epífanes. La anterior secuencia cronológica, aunque aproximada, nos ayuda a situar en el contexto a los reyes que nos conciernen de manera particular.


Antíoco III Magno: privilegios e intereses

El dominio de los Seléucidas sobre la región de Judea comenzó en el 198 a.C., cuando Antíoco III Magno venció a los Lágidas en la batalla de Panión. El paso del poder de los Lágidas a los Seléucidas no significó sólo un cambio político, sino una significativa mejoría para la gente. La población de Judá no estaba satisfecha con el domino de los Tolomeos. Había un gran descontento. Éstos eran menos generosos en conceder ciertos privilegios a los países dominados, porque tenían miedo de perder su poder si concedían mucha autonomía. Temían las consecuencias, como la pérdida de la hegemonía. Por el contrario, los Seléucidas eran más generosos y concedían a los países dominados la libertad de organizarse a la manera de las ciudades griegas, con un consejo y las asambleas de los ciudadanos, aunque esta libertad no se extendiera a toda la población, como a los esclavos y libelios.


Antíoco III favoreció mucho a los habitantes de Jerusalén, renovando los privilegios para la ciudad y el Templo por medio de una decreto especial, en el cual reconoció la buena acogida que los Seléucidas tuvieron por parte del Sanedrín, el cual salió a su encuentro, dio comida al ejército y a los elefantes y ayudó al mismo ejército a capturar la guarnición egipcia. Como retribución, Antíoco III ayudó a reconstruir la ciudad destruida por las acciones bélicas y permitió que los habitantes dispersos volvieran para repoblar las ciudades; dio libertad a los prisioneros; proveyó animales, sal y leña para los sacrificios del Templo; ofreció vino, aceite, incienso, granos y harina para los ritos; prohibió la importación de carnes ritualmente impuras; incentivó la terminación de las obras del Templo y dio libertad para vivir la Ley según las prescripciones de los antepasados; eximió a los ancianos, sacerdotes y escribas de las tasas del Templo sobre los animales y la sal (a los demás habitantes de Jerusalén concedió la misma exención de impuestos durante tres años) y dispensó a los ciudadanos de un tercio de los servicios obligatorios. Antíoco III confirmó el derecho de los judíos a regirse según su Ley, la Torah (2M 4, 11).

En esta época, comenzó a destacarse una nueva potencia en el escenario internacional:

Roma. Señales importantes fueron la unificación de Italia y la victoria sobre Cartago, en la segunda guerra púnica (218¬201 a.C.), después de haber conquistado ya la parte occidental del Mediterráneo. Antíoco III trató de garantizar las fronteras al sur, luego avanzó por Asia Menor, enfrentándose a Roma, y fue derrotado en la batalla de Magnesia (Dn 11,18). Tuvo que entregar todo el territorio que ya había conquistado en Asia Menor, desarmar al ejército, pagar una gran indemnización y entregar a su hijo Antíoco como rehén (1 M 8,6-7).


La paz y la "autonomía" le costaron muy caro. Antíoco III presionado por la enorme deuda contraída con Roma, recurría a todos los métodos, lícitos o no, para saldarla. Fue asesinado cuando se apoderaba del tesoro del templo de Bel, en Elimaida, en el año 187 a.C. (Dn 11,19). Su hijo Seleuco IV Filopátor lo sucedió en el trono.


Sele

uco IV Filopátor: el alto precio de los favores

Seleuco IV Filopátor enfrentó las deudas de su padre e implantó una rigurosa política fiscal, que afectó también a Judea (Dn 11,20). En Jerusalén desató una situación interna muy difícil.


Dos familias tradicionales vivían en disputa constante por la hegemonía. La familia de Oníadas -de la descendencia sacerdotal de la línea de Sadoq, que se consideraba con derechos de sucesión al cargo de sumo sacerdote- y la familia de Tobías, que sólo logrará cargos administrativos en Judea y Transjordania y de organización en el Templo. Tobías, el amonita, se opuso a los trabajos de reconstrucción de los muros de Jerusalén en tiempos de Nehemías. Un descendiente suyo, también de nombre Tobías, era general de la colonia militar de la región de Amón y estaba casado con la hija del sumo sacerdote Onías; con ella tuvo tres hijos: José, Simón e Hircano.


José, el hijo mayor, recibió del padre el cargo de administrador, que controlaba la política fiscal de Judea y Transjordania. Favorecía, sin embargo, a una pequeña parte de la población, a los magnates de Judá, lo que llevó a la gente a rebelarse contra sus injusticias. Además, limitó mucho la influencia del sumo sacerdote y de la familia de los Oníadas.


Simón, el segundo hijo de Tobías, era inspector de la administración del Templo y entró en conflicto con el sumo sacerdote Onías por la supervisión del mercado de la ciudad. Simón sabía de la gran suma de dinero que Onías guardaba en el Templo, e informó a Apolonio, gobernador de Siria. Apolonio, a su vez, habló al rey Seléucidas, Seleuco IV Filopátor, endeudado con Roma, quien envió inmediatamente a suministro Heliodoro a un encuentro con Onías para obtener grandes sumas de dinero. Onías le informó que éste pertenecía a las viudas y a los huérfanos y en su mayor parte a Hircano Tobías, hermano de Simón Tobías. Heliodoro quiso invadir el tesoro del Templo, a pesar de la resistencia, pero quedó inmovilizado ante una visión que le impidió seguir, por lo que desistió de su intento e informó al rey que en aquel lugar había un poder divino (cf. 2M 3,4-40).


El relato, sin duda, es tendencioso, pero refleja el conflicto entre los reyes Seléucidas y los sumos sacerdotes, ávidos de dinero. Onías decidió hacer una visita al rey, pero, al llegar, Heliodoro ya lo había liquidado. A pesar de la tentativa de obtener recursos del tesoro del Templo de Jerusalén para pagar la deuda externa impuesta por Roma, Seleuco IV parece haber tenido buenas relaciones con los judíos, pues pagó con su renta personal todos los gastos necesarios para los sacrificios (2M 3,3). Logró liberar algunos rehenes que su padre, Antíoco III, tuvo que entregar a Roma, entre ellos su hermano Antíoco, quedando, sin embargo, su hijo Demetrio. Seleuco IV fue asesinado por su ministro Heliodoro en el 175 a.C., (Dn 11,20; 2M 3) Y Antíoco, su hermano, lo sucedió en el trono.

Antíoco IV Epífanes: el rey-dios

Antíoco IV Epífanes es el hijo menor de Antíoco III y hermano de Seleuco IV, a quien sucedió en el trono. Su política apresuró el declive de la dinastía Seléucidas y provocó la rebelión de los Macabeos. Era un rey muy soberbio y jactancioso: usó el nombre de una de las divinidades más invocadas en Grecia para proclamarse "Zeus" Epífanes. De esta manera, desagradó a griegos y judíos, y rompió la promesa que les hicieron a sus padres de respetar su autonomía religiosa.


Antíoco IV desestabilizó también la legitimidad de la sucesión al cargo de sumo sacerdote, nombrando a quien le ofreciera mayores ventajas económicas (2M 4,23-29), porque necesitaba pagar los tributos impuestos por Roma. Por esto, en Jerusalén los sumos sacerdotes se sucedieron a un ritmo acelerado: Onías III era sumo sacerdote cuando

Antíoco asumió el poder (2M 3; 4,5). Mientras Onías viajaba, su cargo fue robado por su hermano Jasón, que, además de romper con la legitimidad de la línea sacerdotal, apoyó el helenismo (2M 4,7-20). Pero Jasón no duró mucho tiempo, pues apareció Menelao, que compró al rey el cargo de sumo sacerdote, "superando en trescientos talentos de plata la oferta de Jasón". Tal situación causó mucho descontento entre los judíos.

Helenización de Antíoco IV

Antíoco IV Epífanes promovió la helenización en Judea. Como él no era aceptado en Jerusalén (2M 5,1-4), envió a Apolonio, "encargado de los impuestos" (1M 1,29; 2M 5,24), para helenizar la ciudad y tomar las medidas necesarias para su seguridad militar. En todas sus empresas encontró un gran apoyo por parte de los sumos sacerdotes Helenizados.


Mandó construir junto al Templo, en la colina occidental, Arca, la ciudad alta, también conocida como "Antioquía de Jerusalén", que no era muy grande, pero servía para abrigar a la guarnición sirio-macedónica y refugiar a los judíos helenizantes (1 M 1,33-35), hasta ser conquistada por Simón Macabeo (1 M 13,49-51). Esta ciudad constituía una amenaza constante para el Templo, que estaba situado sobre el monte Sión, en la parte este, pero a un nivel inferior. En ella, Antíoco construyó un gimnasio deportivo y un templo consagrado a Júpiter.


El pueblo judío ya había echado raíces profundas, durante todos estos años, en tor­no a sus principios religiosos, la Ley y las tradiciones cultura­les

que lo hacían diferente de los demás pueblos. El helenis­mo ya había conquistado una cierta unidad cultural entre los demás pueblos de Oriente, después de la conquista de Alejandro, excepto entre los judíos. No todos se habían ad­herido a la helenización, pero la mayoría de los simpatizantes estaba formada por personas influyentes, sumos sacerdotes y miembros de la élite. La asi­milación de los principios de esta cultura no era posible sin quebrar las bases de la fideli­dad a la Ley y a las tradicio­nes judías.


La cultura helenista, se juzgaba superior a la cultura orien­tal, con una visión más abierta y universal. La cultura judía se distinguía, aún, entre las diver­sas culturas del Oriente: se le consideraba tradicional y ce­rrada; hablaban una lengua in­comprensible; practicaban costumbres diferentes e, inclu­so, comían alimentos extraños y repugnantes. Según los he­lenistas, seguían leyes injustas como el ayuno y desconocían el arte y diversas formas cul­turales. Mientras tanto, los griegos eran conocidos por tener una lengua "universal", sus grandes filósofos, divinida­des, muchas ciencias aprecia­das en la época -como astro­nomía,

matemática, literatura, jurisprudencia- y las artes figu­rativas y melódicas. Tenían ciudades monumentales, es­cuelas de filosofía, gimnasios deportivos, termas y circos famosos.


Esto encantaba a la élite jo­ven judía, que veía su propia cultura como poco conocida y rechazada entre los pueblos. Su fe era muy estricta con ins­tituciones únicas y "anticuadas", como el descanso del sábado, la emancipación del esclavo después de seis años de servicio prestado, una ética muy exigente y una jurispru­dencia sin penas crueles, que defendía la dignidad de la per­sona. En el helenismo había espectáculos crueles, penas sádicas y. parasitismo de la clase intelectual, que disfruta­ba de la riqueza producida por el trabajo esclavo. La cultura helenista encontraba resonan­cia y apoyo en los líderes reli­giosos judíos.


Participación de los sumos sacerdotes en la helenización

Jasón, sumo sacerdote, llegó a promover el helenismo introduciendo juegos e institu­ciones culturales y deportivas como la "eufebía", frecuenta­da por jóvenes de 18 a 20 años que aprendían a manejar armas y se dedicaban a los ejercicios físicos y a la cultura literaria. Los jóvenes judíos seguían costumbres helenistas, sobre todo en la práctica de depor­tes, pero se veían humillados a causa de la circuncisión. Para evitar este vejamen, "re­hacían sus prepucios y rene­gaban de la alianza santa" (1 M 1,14-15; 2M 4,9). También recae sobre Jasón la acusa­ción de haber usado ofrendas del Templo para ofrecerlas como contribución a los sa­crificios ofrecidos a las divinidades griegas, con ocasión de los juegos (2M 4,18-20). Todas las competencias depor­tivas se ponían bajo la protec­ción de los dioses y se practi­caban en su honor. Antes de los juegos, se ofrecía un culto a los dioses protectores del deporte: Hércules o Hermes.


Estos usos y costumbres en las tradiciones culturales y re­ligiosas helenistas dificultaban, en gran parte, la adhesión ma­siva de los judíos. Menelao, al usurpar el cargo de sumo sacerdote de Jasón, también se adhirió totalmente a la hele­nización de Jerusalén. Eliminó a Onías III, legítimo sumo sa­cerdote (2M 4,23-5,23) Y fue enviado a Antioquía con una misión de paz entre los judíos, aunque no fue bien recibido por los más observantes (2M 11,27-32). Según el texto bí­blico, Menelao fue asesinado (2

M 13,1-8).


Antíoco IV: una piedra que aplasta al judaísmo

Antíoco IV Epífanes emprendió dos campañas militares contra Egipto. La primera fue en el 170 a.c., y venció, provisionalmente, al ejército enemigo, llegando hasta Menfis, donde se proclamó rey. Al volver a Antioquía de Siria, pasó por Jerusalén y se apoderó de los tesoros del Templo (M 1,16-28, 2M 5,15-21; Dn 11,21-28). Emprendió una segunda batalla contra Egipto en el 168 a.C., pero fue detenido por un comandante romano que lo obligó a dejar el país y volver a Antioquía de Siria (Dn 11,29; 2M 5,1).


En el año 167 a.C., Antíoco IV Epífanes desencadenó una gran persecución religiosa contra los judíos. No sólo prohibió el culto al Señor, los sacrificios en el templo, la circuncisión, la observancia del sábado y las dietas alimenticias, sino que decretó sentencia de muerte para qu

ien practicara todo esto. Mandó ofrecer sacrificios a los dioses (l M1, 59; 2M 10,5; 6,2) en el templo de Jerusalén y levantó un altar dedicado a la divinidad pagana "Zeus olímpico", este gesto fue interpretado por Daniel como la "abominación de la desolación" (Dn 9,27). Las prácticas y ritos del judaísmo eran juzgados como delitos políticos y rebelión contra la soberanía Seléucidas. Muchos judíos, para no renegar de sus tradiciones religiosas, migraron a otras tierras, aumentando el número de ciudades que ocupaban en la diáspora (l M 15,22-23). Otros preferían la muerte a renunciar a su propia fe (2M 6,18-7,42).


Antíoco IV Epífanes, a pesar de encontrar gran resistencia, sobre todo por parte de los Macabeos y de los asideos 7 -comunidades de judíos apegados a la Ley (l M 2,42) continuó la persecución a los judíos, hasta enfrentarse con la resistencia armada de la familia sacerdotal de Matatías (1 M 2,15-28). La oposición crecía cada vez más, sobre todo en el campo. Antíoco murió como su padre, mientras intentaba saquear un templo persa en el año 164 a.C. (lM 6,1-17; 2M 9; 10,9-13).


Escritos bíblicos del período Seléucidas: fe y heroísmo

En el período de la ocupación seléucida, surgieron otros escritos que reflejan los conflictos de esta época: Judit, Tobías y Eclesiástico.


Judit: Dios actúa por la mano de quien lo ama

Judit es el personaje principal del libro que lleva su nombre. Era viuda y conocida por su piedad y belleza. Cuando el poderoso ejército de Holofernes, general persa, cercó Betulia -pequeña ciudad de la tribu de Benjamín situada junto al camino que lleva a Jerusalén (Jd 4,6)- Y amenazó destruida, junto con su población predominantemente judía, Judit se presentó al general para defender su tierra natal. Holofernes se apasionó por el la y le ofreció un banquete. Al final, estaba muy bebido e introdujo a Judit a sus aposentos. Ella se llenó de valor y lo decapitó. Con su muerte, el ejército que amenazaba a Betulia se dispersó y la población quedó a salvo del enemigo.


El libro no hace parte de la Biblia hebrea, pero llegó a nosotros por medio de la versión griega. Éste quiere mostrar el poder y la determinación de Dios a través de intermediarios en los que Él confía, como esta viuda. Ella era fiel a la Ley y muy piadosa, como lo demuestran sus discursos y su conducta. El discurso que Ajior (5,5-21) hace, de Judit (8,11-27) y su conducta (8,6; 10,5; 12,2.19).


El libro puede subdividirse en tres partes: 1-7: la campaña de Holofern

es contra Israel y el cerco a la ciudad de Betulia, con la ayuda de Moab y Edom; 8-16,20: la intervención de Judit y la victoria sobre el enemigo; 16,21-25: la ofrenda a Dios de la propia viudez, por parte de Judit, con piedad y fidelidad, en memoria de su marido.


Tobías: la certeza de la fidelidad de Dios

El libro de Tobías no está en la Biblia hebrea. Llegó a nosotros por medio de la Vulgata (Biblia latina). Se divide fácilmente en cuatro partes: El prólogo (Tb 1,3-3,17), narra diversos hechos sobre la vida de Tobit y de su familia, durante el exilio, donde permaneció fiel a la Ley y a las tradiciones de los antepasados. Narra también la ceguera de Tobit y su condición de indigente, e introduce la historia de Sara, una judía piadosa que ya había tenido siete maridos, quienes, antes de consumar el matrimonio, eran asesinados por un demonio llamado Asmodeo.

En los capítulos 4-9, Tobit encarga a su hijo Tobías ir a la ciudad de Ecbatana a cobrar un dinero, pero le pide que lleve a alguien consigo. El ángel Rafael-que oculta su identidad usando el nombre de Azarías acepta acompañado e/1 el viaje. En el transcurso, Rafael impide que Tobías sea devorado por un pez, y le sugiere que guarde las entrañas del animal. En Ecbatana, Tobías conoce a Sara y se apasiona por ella, pero sólo logra desposada después de expulsar al demonio Asmodeo que la había maldecido, quemando las vísceras de aquel pez.


En los capítulos 10-13, Tobías, Sara y Rafael vuelven a Nínive. Con la hiel del pez, Tobías cura la ceguera de su padre. El ángel Rafael se despide y sigue al cielo sin revelar su

identidad. Tobías entona un himno de alabanza a Dios por sus grandes obras.


El Epílogo (cap. 14) habla de la muerte de Tobit a una edad avanzada, luego de haber instruido a su hijo sobre la observancia de la Ley. El libro insiste sobre algunas obras de beneficencia características del judaísmo: la limosna (I,17;2,2-4;4,7-11), la piedad hacia los muertos (4,4; 14,12-13), la atención a los peregrinos (1,6; 5,14) Y la abstención de alimentos paganos (l, 1 0-12). El libro de Tobías quiere enseñar que Dios no abandona jamás a quien confía en Él. Este hombre pasó por diversas pruebas que parecían insolubles, pero Dios abrió los caminos y recompensó su fidelidad. Tobías representa la visión nacionalista de la tradición ortodoxa judía.


Eclesiástico o Sirácida: la sabiduría es sencilla

El libro del Eclesiástico es conocido también como Sirácida, porque fue escri

to por "Jesús, hijo de Sirac" (EcIo 50,27; 51,30). Todo indica que era un escriba reconocido en Jerusalén, dedicado desde su juventud al estudio de la Ley y empeñado en extenderlo a los demás (Eclo 24,34; 33,18). Tenía un aprecio especial por el Templo, el sacerdocio y el culto (Eclo 50,5-21). El autor revela un cierto malestar que expresa el sentimiento de muchos correligionarios. Por esto, comienza a escribir para defender los principios religiosos y culturales del judaísmo: su visión de Dios, del mundo y del ser humano y la conciencia de ser el pueblo escogido.


El libro hace parte del bloque de los escritos sapienciales ya con

ocido en Israel. Lo específico del Sirácida consiste en releer la historia de su pueblo en una perspectiva sapiencial (Eclo 44,1-49; 46). Identifica la sabiduría con la ley dada a Israel en el Monte Sinaí (Eclo 24,23).


Otro tema querido para el Sirácida es el temor a Dios (Eclo 2,15-17), que se manifiesta en la observancia de la Ley. Quien es fiel a la Ley también es sabio (Eclo 1,26; 6,37). La búsqueda de la sabiduría se identifica con el estudio de la Torah y viceversa. En la comprensión del Sirácida, Dios es eterno y único (Eclo 18,1; 36,4; 42,21); conoce todo (Eclo 42,18-25); lo es todo (Eclo 43,27); gobierna el universo con justicia y providencia (Eclo 16,17-23) y es Padre no sólo de Israel (Eclo 17,17; 24,12), sino de cada ser humano (Eclo 23,1).


Sirácida escribió esta obra entre los años 200 y 180 a.C., en la fa

se de transición del poder de los Tolomeos a los Seléucidas. Desde Alejandro Magno (333) la cultura griega comenzó a imponerse en Oriente, y en diversos puntos se constituyó en una amenaza para las exigencias fundamentales de la religión judía (Eclo 2,12-14). La retribución por el bien y el mal que alguien realiza está limitada a una visión terrestre: salud y larga vida; amplia descendencia y renombre; prosperidad y abundancia para quien obra el bien, y todo lo contrario para quien practica el mal.


El libro de Sirácida no hace parte de la Biblia hebrea, está formado por una colección de sentencias sobre los más diversos asuntos. Puede dividirse en dos grandes secciones: l

a primera (Edo 1 ~23) es una alabanza a la sabiduría que en todos los casos viene de Dios: Eclo 1,1.16.20; 2,1¬4.10. Las virtudes ligadas a la sabiduría reciben un gran elogio: paciencia, humildad, misericordia, confianza en Dios, obediencia a sus mandamientos, piedad filial y solidaridad con los pobres (Eclo 4,11-6,17). Siguen diversos consejos prácticos sobre las compañías, la búsqueda de la sabiduría, las advertencias sobre el dinero, el amor, la previsión, el dominio de sí, los sabios y los insensatos, los justos y los pecadores (Eclo 6, 18-23,27).


La segunda parte de Eclo 24-50 comienza con una auto-presentación de la sabiduría, que se identifica con la Torah de Moisés. Los temas son muchos: matrimonio, honestidad, prudencia, educación de los hijos y sabiduría, entre otros. En resumen, el autor del Eclesiástico mostró diversos elementos que entraron en conflicto con la cultura helenista: en particular la fe, la Torah, la ética y la sabiduría. El autor acentúa la fe en el Dios UNO que salva al individuo y a la colectividad, base de la resistencia espiritual y cultural judía frente a la helenización (Eclo 17,14.17 Y Dt 32,8-52).

Israel es el pueblo escogido por el Señor (Eclo 35,24.19). Dios es quien le dio la Torah, que manifiesta su voluntad (Eclo 24, 23,34) con fuerte dimensión ética en la línea de la predicación profética: Eclo 2,15-17; 15,11-13; 32,]4; 35,3.5. Esta voluntad divina es revelada al hombre mediante la Torah: Eclo 2,16. Es sabio aquel que la sigue. La sabiduría de Israel es entendida como bien vivir, vuelta hacia la práctica y no tanto al saber especulativo, propio del helenismo.


Salmos 44; 74; 86; 91: lágrimas ante Dios

Los salmos 44 y 74 integran las oraciones colectivas de petición de socorro. El salmo 44 es una especie de elegía nacional que opone a los triunfos del pasado las humillaciones del presente: "Oh Dios, con nuestros propios oídos lo oímos, nos lo contaron nuestros padres, la obra que tú hiciste en sus días, en los días antiguos, y con tu propia mano. Para plantarlos a ellos, expulsaste naciones [...] (v. 2). Como ovejas de matadero nos entregas, y en medio de los pueblos nos has desperdigado; vendes tu pueblo sin ventaja, y nada sacas de su precio" (vv. 12-] 3).


El salmo 74 hace una lamentación después del saqueo del Templo. Este episodio puede referirse a los tiempos de Nabuconodosor en el 587 a.C., o también a los de Antíoco IV Epífanes, hacia el 169 a.C. (Sal 74,3; cf. 1 MI, 1-28). En este salmo la causa del pueblo elegido se identifica con la causa del Señor (v. 10). El salmo 86 hace parte de las oraciones de petición de socorro en medio de la prueba: "En el día de la angustia yo te invoco [...]" y, al mismo tiempo, de agradecimiento por la liberación obtenida: "Gracias te doy de todo corazón, Señor, Dios mío, daré gloria a tu nombre por siempre, pues grande es tu amor para conmigo, tú has librado mi alma del fondo del Sheol" (vv. 7.12.13).


El salmo 91 es una oración de confianza que el justo dirige a Dios, pues ha experimentado la prueba, y así mismo renueva su entrega: "Que Dios te libra de la red del cazador, de la peste funesta; con sus plumas te cubre, y bajo sus alas tienes un refugio, escudo y armadura es su verdad" (v. 3).


Escritos sobre el período seléucida: búsqueda de la identidad

Algunos escritos son posteriores, pero se refieren al período de los Seléucidas, como 1 y 2 Macabeos. 1 Macabeos revela una preocupación mayor por los intereses patrióticos y nacionalistas. Comienza con la división del reino de Alejandro Magno (323 a.C.) (1,1-9), pasa a la helenización bajo Antíoco IV Epífanes (175-164 a.C.), sigue con la reacción de Matatías y sus hijos y llega hasta Simón en el 134 a.C. Este libro es de origen palestinense, mientras 2 Macabeos es, probablemente, de origen helenista, y su preocupación central es la teología de la retribución. Dios recompensará, en el más allá, toda la fidelidad a su Ley y la resistencia alma!' Todo indica que fue escrito antes de 1 Macabeos.


Para profundizar

- En mi vida, ¿hay valores por los cuales me arriesgaría a morir? ¿Cuál es la fuerza que sostiene estos valores?

- ¿He conocido a alguien que haya sufrido o muerto para defender los valores de su vida?

Leer 2M 6,18-7,42.

La situación de opresión extrema de muchas personas las ha llevado también a una fe heroica. ¿Cuáles han sido estas situaciones y personas que se destacan en Colombia? ¿Interpelan nuestra fe?

Encender, en el centro de la sala, el cirio pascua o una vela grande, o incluso una lámpara, que simboliza la fe. Rodearla de flores. Luego, alrededor de ella, se pondrán los nombres de las personas recordadas.