sábado, 22 de noviembre de 2008

PROFETAS Y PRIMEROS TEXTOS BIBLICOS: DIOS ESCRIBE EN LAS LINEAS DE LA HISTORIA

La acción de los profetas para sacar el rey y al pueblo de la idolatría y conducirlo a la fidelidad de Dios es muy persistente y valerosa. Algunos escritos de este periodo y otros posteriores revelan tal preocupación.


El movimiento profético. Desde el comienzo de la monarquía, con Saúl y David, se manifiestan algunos profetas. En algunos textos son mencionados en episodios que anteceden a la monarquía y allí ellos aparecen como “videntes” (1 Sam 9, 9-11), o como “locos” o personas raras que danzan, se quitan la ropa y caen en trance (1 Sam 10,5-6; 19,24). En otros textos, son presentados mas positivamente, interpretando sueños (Dt 13,2-4) y consultando a Dios (1 Sam 8,6-7). Algunos personajes famosos anteriores a estos reyes recibieron el nombre de profetas: Abraham (Gn 20,7), Moses (Dt 18, 15; 34,10.17), Josue (Sir 46,1), Miriam o María (Ex 15.20), Devora (Jc 4,4) y otros. Peor se trata de una atribución posterior; en una época en la que la palabra “profeta” tal vez no tenía el sentido estricto usado para los profetas clásicos (Amos, Isaías, etc.).


El movimiento profético no era exclusivo de Israel. Era conocido también entre los pueblos vecinos, en Egipto, en Mesopotamia y en Canaán. Hay una estrecha relación entre los escritos de Mari, en Mesopotamia, y los de Israel. Ambos consideraban al profeta como a un ser humano que recibía una misión y era enviado generalmente al rey llevándole un mensaje oral, transmitido en tiempo de crisis, ya en los demás pueblos el profeta era visto como un mensajero del cielo. En Israel, el mensaje era dirigido también al pueblo. Además de llevar un mensaje, los profetas interpelaban al rey y al pueblo, exigiendo de ellos una transformación interior y exterior. Anunciaban y denunciaban, arriesgando frecuentemente su propia vida. Muchas veces el anuncio era hecho también con acciones simbólicas.


Los profetas o videntes eran buscados para resolver los mas diversos problemas de la vida del pueblo mediante una consulta a la divinidad (1 Sam 2,27-36). Motivos de salud (1 Rs 17,17-18), la perdida de unas asnas (1 Sam 9,3-10) o la defensa del territorio eran algunas de las razones para consultar a un profeta (Num22, 2-6). Los reyes y gobernantes trataban de tener el apoyo de los profetas o grupos de profetas, porque buscaban en la palabra de estos la legitimación divina de su poder. El apoyo de estos profetas representaba el apoyo divino y la garantía de sumisión y obediencia de los súbditos. También en la historia del pueblo de Israel sucedía lo mismo.


El cambio del sistema tribal al sistema monárquico ocurrió con el consentimiento del profeta Samuel (1 Sam 3,20; 9,9; 10,15). Este fue buscado por los jefes de las tribus que querían ese cambio (1 Sam 8,4-5). De hacho, Samuel atendió el pedido, aunque de mala gana, ungiendo a los primeros reyes de Israel: Saúl (1 Sam 10,1) y David (1 Sam 16,13). En el periodo de Saúl, se habla de un grupo de profetas (1 Sam 10,5.10), pero sus nombres y sus funciones nos son desconocidas.


El texto de Sam 10,5.9-13 solo deja clara la relación primitiva de los profetas con la música y el trance. Parece haber sido esta la manera como ellos contagiaban a la comunidad presente y expresaban acciones simbólicas por medio de mímicas, como en 1 Rs 22,11. Los grupos de profetas son mencionados únicamente en el tiempo de Samuel, Elías y Eliseo; después no se habla más de ellos. Natan no parece formar parte de los “hermanos profetas” o grupo de profetas; actúa en otra línea, integrado en la corte, junto a David (2 Sam 7,1 Crom 17) así como en la designación y unción de Salomón como sucesor de David (1 Rs 1,11-39).


Los profetas de Israel y los profetas de otros pueblos: Había una diferencia entre los profetas de Israel y los profetas de los otros pueblos. Los profetas siempre estaban ligados a Dios y a los líderes del pueblo. En la Biblia, el Dios del pueblo de Israel no existía para legitimar el poder del rey. Tal poder existía para servir a la alianza, al proyecto de Dios (Dt 7,14-20; Sam 8,1-22). Veremos mas adelante como, en los tiempos del rey Ajab y de otros, cuando los monarcas se oponían a la alianza y al proyecto de Dios, los profetas se volvían independientes, críticos y libres delante del poder, aun habiendo ungido a los reyes, como fue el caso de Saúl, Ajab y otros (1 Rs 19,10.14).


En los demás pueblos, los profetas no llegaron a ser un grupo independiente, critico del poder, por que la función de la divinidad era la de legitimar el poder del rey. No era posible, entonces, concebir a un profeta critico del poder del rey, pues este era el representante directo de la divinidad; en muchas culturas, era el hijo de dios en la tierra: todo lo que el dijese o hiciese era expresión de la voluntad de los dioses y no podía ser modificado ni cuestionado. Con esto, se consolidaba la posición de los reyes y se cometía muchas arbitrariedades.


Los profetas eran mensajeros de Dios para el pueblo: Hay muchas explicaciones validas acerca del origen y el significado de la palabra “profeta”. Lo más probable es que sea de origen acádica: “nabu”, traducida al griego en “profétes” y, en nuestra lengua, en “profeta”, significa “hablar en nombre de alguien”. En el sentido bíblico, el profeta es aquel que habla en nombre de Dios, por que se siente llamado por El a esta misión. Muchos profetas encontraron dificultades para aceptar esta difícil misión, porque incomodaba, reprochando por las injusticias, la explotación y la idolatría que andaban sueltas (cfr. Mlq 3,1-4 Jr 20,7-9).


Hay otras palabras que a veces son usadas para hablar del profeta: vidente, visionario, soñador, hombre de Dios, siervo de Yahvé, adivino, centinela. Todos estos nombres revelan algún aspecto del profeta, pero no expresan la totalidad de su esencia y misión. En el periodo de la monarquía unida había pocos profetas. Samuel, quien actúo en el cambio del régimen tribal hacia el monárquico, criticó la monarquía y se opuso a ella, pero termino aceptando la misión de ungir a Saúl y a David, aunque finalmente rechazo al primero (1 Sam 10; 15,10-23).


Natan comenzó su misión profética en la corte, durante el reinado de David. Aparece por primera vez en el segundo libro de Samuel, sin ninguna presentación (2 Sam7, 2). No conocemos su origen, ni como ocurrió su llamado a la misión profética. El aparece oyendo el desahogo de David: “Dijo el rey al profeta Natan: yo habito en una casa de cedro, mientras que el arca de Dios habita bajo pieles -. Respondió Natán al rey:- anda; haz todo lo que diga el corazón, porque Yahvé esta con tigo”. Mas adelante Natan confirmó en perpetuidad a la casa de David (2 Sam 7), recriminó su adulterio (2 Sam 12) e intervino en la designación de Salomón como sucesor (1 Rs 1). Se puede percibir un fuerte contenido ideológico en la profecía de Natán favorable a la dinastía davídica.


Gad fue otro profeta que actúo en la corte de David (2 Sam 24,11; 1 Cron 21,29; 29,9). Es llamado “vidente” de David, ordenó a David salir de la caverna de Adul-Lam (1Sam 22,5); fue muy severo con el rey, a causa del censo que este mandó realizar; proponiéndole escoger entre tres castigos (2 Sam 24,11-14. 18-19; 1 Cron 21,9-13. 18-19). En los textos anteriores, Gad y Natán aparecen como consejeros del rey para activar y resolver las implicancias religiosas de las decisiones políticas (2 Sam 7; 12; 24). A pesar de su severidad, eran escuchados por el rey.


La autosuficiencia del poder y la gloria de Salomón pueden ser percibidas por la ausencia de cualquier manifestación profética durante su reinado. Después de su unción efectuada por el profeta Natán. El templo parecería ser la garantía absoluta de su poder.


Escritos de la época de la monarquía. En el periodo de la monarquía unida (1030-931 a.C), surgen nuevos escritos bíblicos: la llamada tradición Yahvista, la historia de la sucesión dinástica de David, algunos proverbios y algunos salmos.


En la Biblia no conocemos ningún libro con el nombre de tradición Yahvista ni de historia de la sucesión dinástica. Estos textos están esparcidos en algunos libros de la Biblia. Los textos de la tradición Yahvista están esparcidos sobre todo en los cinco primeros libros de la Biblia: génesis, éxodo, levítico, números y Deuteronomio, conocidos también como la colección del Pentateuco o la Torah, atribuida a Moisés. Una afirmación explicita se encuentra en el evangelio de Marcos: “Maestro: Moisés nos dejó escrito…” (Mc 12,19) en la Torah…. La Torah comprende los cinco primeros libros de la Biblia. Al leer estos libros, los estudiosos percibieron que en los libros atribuidos a Moisés había nombres diferentes atribuidos al mismo Dios, bruscas interrupciones, algunas contracciones, etc. ¿Cómo era posible esto, si el autor era uno solo, Moisés? A partir de entonces, se comenzó a aceptar la idea de que varios eran los autores del Pentateuco, todos ellos de épocas, lugares y mentalidades diferentes. Al lado de la tradición Yahvista son conocidas otras tradiciones o escritos, como veremos mas adelante, que fueron reunidos poco a poco en un solo escrito y conformación el Pentateuco.


Tradición Yahvista: El grupo yahvista recogió tra­diciones orales antiguas y les dio una interpretación religiosa. Ellas se concentran principalmente en Génesis y Éxodo. Lea en su Biblia algunos textos: Gn 2, 4b - 4,26; 12-13; 18-19; 24; Ex 3, 1-5; 7­8; 16-20; 5,3-4.6-8. 10-22.l hay muchos otros; vamos a estudiar algunos de ellos en la segunda y tercera serie de la colección "Bi­blia en Comunidad". Observe, en la lectura de estos textos, el estilo narrativo y el modo de hablar de Dios, que son propios de esta tradición, que es una de las muchas fuentes usadas en la composición de la Biblia. Los autores de la Tra­dición Yahvista valoran las narra­ciones sobre los Patriarcas, la Pro­mesa, la Pascua, las bendiciones... Se interesan por las respuestas del pueblo de Dios y hacen una lectu­ra de la historia y de las huellas del pueblo de Dios en el pasado.


El grupo yahvista reúne mate­rial preexistente, de origen y fina­lidad diversos, proveniente sobre todo del Sur del país, insertándo­lo en el contexto de la monarquía unida con la intención de legitimar su institución que, en esa época, presentaba para Israel serios pro­blemas de naturaleza política, so­cial y sobre todo religiosa. Más tarde, la dinastía davídica es leída por otro grupo, como realización de las promesas hechas por Dios a los Patriarcas y a sus descen­dientes (1 Sam 7, 1-17)


Historia de la sucesión dinástica de David: rivalida­des y muertes. La historia de la sucesión di­nástica se halla en 2 Sam 9 - 20 Y en 1 Rs 1 - 2. Estas narraciones son muy antiguas y no sufrieron grandes retoques en el transcurso de los años desde su formación hasta la redacción final, alrededor del año 445 a. C. El prefacio de estos capítulos parece haber sido la profecía de Natán (2 Sam 7), que justificó la descendencia de David en el trono, y no así la del rey Saúl. Aunque Saúl fue el pri­mer rey de Israel, no estaba de­terminado aún que sería un hijo suyo quien tendría derecho al tro­no. La monarquía estaba todavía en una fase inicial, y la cuestión de la sucesión vino a ser definida sólo en el tiempo de David.


David hizo el empadronamien­to de los sobrevivientes de la fa­milia de Saúl. Descubrió a Meribbaal, hijo de Jonatan, su gran amigo, y nieto de Saúl, padre de Jonatan. Lo trató con bondad y generosidad, pero el derecho a la sucesión al trono cupo a Salomón. La dinastía de David se impuso mediante su hijo Salomón, a pe­sar de la supervivencia de Meribbaal (2 Sam 9), y a pesar de la oposición de Seba (2 Sam 20), el adulterio de David (2 Sam 10-12), la rebelión de Absalón (2 Sam 15-18) y las intrigas de Adonías, ambos pretendientes, estos últimos, al trono de David (1 Rs 1-2).

Proverbios: la educación popular. En este período surgen los pri­meros proverbios escritos, que luego fueron recogidos y juntados con otros (Prov 10, 1 - 22, 16). Estos capítulos son considerados la parte más antigua del libro. Tra­zan normas de conducta atribui­das a Salomón, en la forma de di­chos o máximas populares breves. Eran fáciles de ser memorizados y muy usados en la enseñanza oral. El padre y la madre los enseñaban a los hijos (Prov. 1,8; 4, 10). El libro de Proverbios forma parte de la literatura sapiencial que integra otros libros con enseñanzas seme­jantes.

Job: El libro de Job forma parte de la literatura sapiencia! Todo indi­ca que fue escrito en dos perío­dos históricos diferentes. Una pequeña parte del inicio y una del fi­nal del libro sugieren que probablemente fueron escritas durante el período de la monarquía unida. Si leemos seguido el prólogo (Job 1,1 - 2, 13) Y el epílogo (Job 42, 7-17), vamos a percibir una uni­dad de forma, contenido y visión teológica que difiere de la que se encuentra en la parte central (Job 3, 1-42, 6). Es muy probable que, en un comienzo, la parte inicial y la final hayan constituido una na­rración folklórica a parte, a la cual fueron añadidos los capítulos cen­trales de Job. Éstos son presenta­dos en poesía y son comúnmente colocados en el post-exilio. Cons­tituyen la parte más reciente de la obra. Quien lee solamente la in­troducción y la conclusión de la obra queda con la falsa idea de un Job paciente y resignado. Idea que hasta hoy permanece: "Que ten­ga la paciencia de Job!".

El prólogo y el epílogo del li­bro narran la paciencia ejemplar de un hombre de la tierra de Us, tal vez de la región de Edom (Job 1,1), próxima al Mar Muerto. Él era tenido en gran estima entre los "hijos del Oriente". Era un siervo de Dios rico y feliz. Dios permitió a Satán ponerlo a prueba en sus bienes, en sus hijos y, después, en su cuerpo; pero él seguía fiel. La mujer le aconseja rebelarse con­tra Dios, pero nada consigue. Job continúa paciente, aceptando todo como viniendo de Dios. Los ami­gos se solidarizan y luego entran en conflicto con la manera de pen­sar de Job. El epílogo en prosa concluye el libro, aprobando la actitud de Job, al que se le devuel­ve el doble de todo, como recom­pensa de su resignación.

Hay quien piensa que esta his­toria, imbuida de una piedad sin igual (Job 1, 1-8; Sant 5,11), cir­culara de forma oral entre los sa­bios del Oriente Medio, alrededor del año 1000 a. c., y haya sido narrada nuevamente en hebreo en la época de Samuel, David y Salomón; luego, con bastante cer­teza, le fue añadida, en el post-exilio, la parte en poesía (Job 3, 1 - 42,6), en la que el autor anóni­mo refuta los textos en prosa sobre la teología de la retribución y de la justicia divina.

Salmos 2; 15; 24; 51-110; 121-134: Muchos de estos Salmos son conocidos como "reales" (relati­vos al rey): los Salmos 2 y 110 son oráculos a favor del rey; el 61 y el 72 son oraciones por el rey; el 63 y el 101 son oraciones del rey; el 132 es un canto real de proce­sión. Los Salmos 2, 72 y 110 pue­den haber sido Salmos de entronización de un rey. Son poemas antiguos, probablemente de la épo­ca de la monarquía, porque refle­jan el lenguaje y el ceremonial de la corte. El rey es llamado hijo adoptivo de Dios; se afirma que su reino no tendrá fin; que su po­der se extenderá hasta los últimos confines de la Tierra; que hará triunfar la paz y la justicia; y que será el salvador del pueblo. Tales expresiones pueden parecer extra­ñas, pero reflejan lo que los pue­blos vecinos decían de sus sobe­ranos y lo que Israel esperaba de su rey.

En Israel, el rey recibía la unción que hacía de él un vasallo del Señor y su representante en la Tierra. Él es el ungido del Señor: en hebreo, un "Mesías" ("ungido"). Cuando los reyes se alejaron del ideal propuesto por el Señor, sur­gió en el pueblo la esperanza de un rey-mesías que, en el futuro, ejercería la justicia y salvaría a Is­rael. Los Salmos 120 al 134 son conocidos como "Canciones de las Subidas". Los peregrinos can­taban estos cánticos mientras se dirigían hacia el monte Sión, en Jerusalén (cfr. Is 30, 29).

Escritos sobre la época de la monarquía unida. Los escritos sobre la época de la monarquía son muy posteriores a ella; datan de los años 587 a 445 a. C. Retratan el período de la monarquía unida, e integran datos nuevos. Pertenecen a este grupo de escritos: Jc 19-21; 1-2Sam; 1 Rs 1-11; 1 Cron 11-21; 2 Cron 1-9; Sir47. La preocupación cen­tral que se esconde detrás de mu­chos de estos escritos conocidos como deuteronómicos (Je, Jos, 1­2 Sam y 1-2 Rs) es el reinado "justo", mientras que en otros, del gru­po sacerdotal (1-2 Cron), es la teocracia, o sea, el reinado de Dios. Vamos a ver un poco cada uno de ellos.

Jueces 19-21: Estos tres capítulos de Jueces fueron escritos alrededor del año 530 a. C., después del destierro; hacen una lectura del período an­terior a la monarquía. Constituyen el segundo apéndice de Jueces (el primero está constituido por los capítulos 17 y 18). Jueces 19-21 rela­ta la guerra contra la tribu de Ben­jamín, sus causas y consecuencias. El capítulo 19 presenta el motivo de la guerra: la trágica muerte de la concubina de un levita de Efraín. En Guibeá, en el territorio de Ben­jamín, el levita sólo encuentra hos­pitalidad en la casa de otro efrainita (v. 16).Los benjaminitas no cum­plen con las leyes de la hospitali­dad, además de cometer un acto abominable, al abusar de la con­cubina del levita efrainita, que lle­gó a morir. El hecho causó una in­dignación general en las otras tri­bus. El capítulo 20 habla de la con­vocatoria de las tribus para ven­garse de los benjaminitas, y habla de las operaciones militares, las emboscadas y la victoria final de los israelitas. El capítulo 21 des­cribe la rehabilitación de la tribu de Benjamín, abriéndole la posi­bilidad de unirse en matrimonio con mujeres de otras tribus.

Los textos presentan una críti­ca a la tribu de Benjamín, cuya capital era Guibeá, ciudad de ori­gen de Saúl, el primer rey de Is­rael. Los estudiosos creen que es­tos textos reflejan una rancia tra­dición contraria a Saúl y traen ele­mentos que se encontraban en la narración de Lot en Sodoma (Gn 19,1-11). En la época de Saúl la tribu de Benjamín ejerció una fun­ción importante; es poco proba­ble que haya habido un decline de la tribu en el período de la monar­quía de Saúl, como aparece en Jc 21.

1-2 Samuel: Los dos libros que llevan el nombre de Samuel no se llamaban así desde el comienzo. En algunas Biblias hasta hoy llevan el nombre de primero y segundo de los Re­yes, pues la Vulgata habla de los cuatro libros de los Reyes. Reci­bieron el nombre de Samuel por­que una antigua tradición de los rabinos consideraba a Samuel como autor de estos escritos. 1 Sam narra el nacimiento del niño Samuel, su vocación profética y su misión como Juez y libertador del pueblo (1 Sam 1-7). Is­rael enfrentó guerras sobre todo contra los filisteos, que en Silo le arrebataron el Arca de la Alianza. Frente a las dificultades creadas por los países vecinos, Israel sin­tió la necesidad de un rey. Enfrentó la resistencia de Samuel, quien atendió de mala gana el pedido del pueblo y constituyó a Saúl como primer rey de Israel (1 Sam 8-12).

Desde un comienzo Saúl en­frentó guerras contra los filisteos y contra los amalecitas (1 Sam 13­15). Estando aún en el trono Saúl, David fue ungido rey por Samuel. Llegó a la corte y allí, después, se proyectó en razón de su habilidad política y guerrera. Provocó los celos de Saúl, quien lo veía como a un rival y lo perseguía. David huyó frente a sus amenazas. Final­mente Saúl murió en el monte Gelboé, mientras David marcha­ba hacia Hebrón (1 Sam 16-31).

Al comienzo de 2 Sam, David se enteró de la muerte de Saúl. El texto habla de su proclamación como rey de las tribus del Sur, en Hebrón (2 Sam 2, 1-4) y, siete años después, como rey de las tribus del Norte (2 Sam 5,1-5).

1 Reyes 3-11: La redacción final de las narra­ciones de 1 Rs 3-11 es del perío­do posterior al destierro. Allí se relata la llegada de Salomón al tro­no con la eliminación de sus her­manos y de los opositores al tro­no de David. Salomón, en su rei­nado, es presentado como rey sa­bio, constructor y comerciante.

1 Crónicas 10-20: Estos capítulos de 1 Crónicas comienzan recordando la muerte de Saúl en el monte Gelboé. Presentan a David como al fundador del culto del Templo. Recuerdan su unción y su realeza. Hablan del traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén, y de la profecía de Natán respecto de la casa de Da­vid, así como de sus campañas militares.

El autor cronista no habla de la vida privada de David, y tampoco de las rivalidades ocurridas en ocasión de su sucesión, tal vez para confirmar la justificación que el propio autor presenta en 1 Cron 22, 8: "Tú has derramado mucha sangre y hecho grandes guerras; no podrás edificar tú la Casa a mi nombre". David emprendió mu­chas batallas y tuvo éxito (1 Cron 18,1-13). Ofreció para la construcción del Templo el botín de las guerras (1 Cron 29,1-5).

2 Crónicas 1-9: El segundo libro de las Cróni­cas recuerda, en los capítulos 1 al 9, la mayor obra de Salomón: la construcción del Templo de Jeru­salén. El texto ignora los pecados del monarca (l Rs 2, 13 - 3, 3), pero resalta su riqueza y su gloria como fruto de la bendición divina.


Eclesiástico o Sirácida 47: El Eclesiástico, en el capítulo 47, recuerda la actuación del pro­feta Natán junto al rey David, la designación de éste entre los hijos de Israel, remembrando sus gestas, y recuerda a Salomón, quien le sucedió en el trono, pero no fue tan fiel como su padre. Re­cuerda finalmente a Roboam como "al más loco del pueblo, fal­to de inteligencia" (Sir 47, 23) y a Jeroboam, quien "hizo pecar a Is­rael y señaló a Efraín el camino del pecado" (Sir 47, 24).


Conclusión

El final del período de la Confederación de las Tribus en Israel favo­reció el surgimiento de la monarquía. Muchas amenazas de los pueblos vecinos ponían en riesgo la supervivencia y el espacio territorial de las tribus, así como la producción de las tribus más prósperas. Esto hizo que una parte del pueblo, siguiendo el ejemplo de los demás pueblos, pidiera un rey a Samuel, el último Juez.

Saúl fue el primer rey escogido por Samuel. Hizo la transición del sistema de gobierno tribal al sistema monárquico. Aun así, no podemos decir que Saúl haya dejado un Estado burocrático con una organización estatal centralizada, con un ejército permanente, un palacio, un cuerpo de funcionarios estables, y un santuario con un culto propio. Nada de esto había. Tal vez él tenía apenas una cierta autoridad en el reclutamiento de las tribus, con poderes permanentes para mantener una tropa defensiva. Terminó su vida en una batalla contra los filisteos, en el monte Gelboé.

Con David, la monarquía recibió un nuevo impulso. David era un hábil político, exitoso en sus campañas militares, y tenía muchas cuali­dades personales que favorecieron su liderazgo, inicialmente sobre las tribus del Sur y, después, sobre las tribus del Norte. Conquistó Jerusa­lén y compró la colina sobre la cual edificó su palacio. Constituyó un ejército permanente y organizó un Estado burocrático y autónomo, en el cual ya aparecen funciones y listas de funcionarios. En su reinado, las tribus llegaron al máximo de su expansión territorial. Hubo muchas dis­putas en la sucesión al trono de David, con la subida final de Salomón.

Salomón se hizo conocido como rey sabio. A él fueron atribuidos varios libros del Antiguo Testamento. Pero su sabiduría está ligada a la habilidad comercial y política. Salomón se hizo famoso por la construc­ción del Templo de Jerusalén, donde se celebraba el culto al Señor. Pero Salomón fue recriminado por su infidelidad al Señor, pues se casó con mujeres extranjeras que introdujeron el culto a otros dioses y des­viaron el corazón del rey. Ya en la fase final del reinado de Salomón aparecen rebeliones sobre todo en las tribus del Norte, que reclama­ban por los pesados impuestos. Con su muerte, de hecho el reino se dividió en dos: el reino de Judá, en el Sur, con Roboam; y el reino de Israel en el Norte, con Jeroboam.

También se menciona la actuación de algunos profetas en el período de Saúl y de David. El mayor resalte le es dado al profeta Samuel, quien apoya la transición del régimen tribal hacia la realeza, y al profeta Natán, quien da el carácter de elección divina a la dinastía davídica. Hay también una mención al profeta Ajías de Silo, que apoya la rebe­lión de Jeroboam (1 Rs 11,29-30).