viernes, 14 de noviembre de 2008

LUCES Y SOMBRAS DEL REINO DE SALOMÓN (970-931)

Después de muchas disputas entre los pretendientes al trono de David, Salomón llega al poder. Las narraciones sobre su reinado resaltan su sabiduría y su espíritu emprendedor en diversos campos: religioso, comercial y cultural. Pero es necesario poner atención para leer entre líneas los textos que se refieren a él, para descubrir astucia y mucha opresión en lo que él emprendió.


Salomón: hijo de David con Betsabé: Los textos que hablan especí­ficamente sobre el reinado de Salomón se encuentran en 1 Rs 3-11. El nombre "Salomón" le fue dado por David, su padre (2 Sam 12,24), Y el nombre "Yedidías" (amado de Yahvé) le fue dado por el profeta Natán, "según la palabra de Yahvé" (2 Sam 12, 25). Su nacimiento fue interpreta­do como la certeza del perdón de Dios, pues había muerto el primer hijo nacido del adulterio de David con Betsabé. El nombre "Salomón" viene de la palabra "Shalom", que en hebreo significa "paz, ple­nitud, prosperidad, perfección" y que es usada como fórmula de saludo. David le dio este nombre a su hijo tal vez porque se sintió en paz con Dios.


Las narraciones sobre Salomón inician con los conflictos de la su­cesión (1 Rs 1-2); después lo presentan como un rey sabio (1 Rs 3, 1 - 5, 14), como constructor (1 Rs 5,15 - 9,25) Y como comerciante (1 Rs 9,26 -10,29); Y ter­minan evidenciando las sombras de su reinado (1 Rs 11, 1-43).


Los conflictos de la subida al trono de Salomón: 1 Rs 1-2: Las narraciones bíblicas sobre la subida al trono de Salomón no dicen que éste ha sido escogido por Dios como sucesor de David. (cfr. 1 R 1,48; 2, 24) In­cluso antes de tener la aprobación de David, hubo una mediación del profeta Natán y de Betsabé (1 Rs 1, 11 ss.). Pero él es señalado y aprobado por la voluntad expresa de David (1 Rs 1, 32-40) y es aclamado por el pueblo (1 Rs 1, 39). Los versículos que siguen re­velan que su subida al trono resul­tó de un contragolpe en el que los adversarios fueron tomados por sorpresa (1 Rs 1,41-53).


La justificación religiosa del gobierno de Salomón es presentada en el texto que habla de una peregrinación que él hace al prin­cipal "lugar alto" de Gabaón, don­de el Señor le aparece en sueños durante la noche. En esta expe­riencia, Salomón le dirige una sú­plica pidiendo la gracia de gober­nar al pueblo con sabiduría (1 Rs 3,4-15). Según los libros de las Crónicas, el "lugar alto" donde sucede este encuentro con Dios parece ser un antiguo santuario israelita (1 Cron 21, 29; 2 Cron 1, 3-5).


Salomón, rey sabio: 1 Rs 3, 1 - 5, 14: Salomón es conocido por mu­chos como rey sabio. Las narra­ciones enaltecen su sabiduría prác­tica (1 Rs 5, 9-14), que está liga­da a la habilidad política y comer­cial. Algunos libros bíblicos son atribuidos a él -como parte de Pro­verbios (Pr 1, 1), Sabiduría (Sb 9, 7-8.12), Cantar de los Canta­res (Ct 1, 1) Y algunos Salmos (Sal 72; 127)


La atribución de un texto a al­guien es frecuente en el mundo bí­blico. Por eso, muchos escritos sapienciales son atribuidos a Salomón, pero no necesariamen­te son de su autoría. Este modo de proceder recibe el nombre de "pseudonimia". En la corte había escribas que registraban los Ana­les de la Casa de Salomón. Tal vez por esta razón di versos libros han sido atribuidos a él.


Salomón, rey constructor: 1 Rs 5, 15 - 9, 25: Una de las mayores obras de Salomón fue la construcción del Templo de Jerusalén. Su descrip­ción es pormenorizada, comen­zando desde los preparativos (1 Rs 5, 15-32) hasta la construcción y la decoración (1 Rs 6). En el Templo Salomón introdujo el Arca de la Alianza (1 Rs 8,1-13), ben­dijo la asamblea de Israel (1 Rs 8, 14); hizo sus plegarias (1 Rs 8,15­52); bendijo nuevamente la asam­blea (1 Rs 8, 54-61), y ofreció sacrificios con todo el pueblo, ejer­ciendo las funciones sacerdotal es (1 Rs 8, 62-66).


Salomón desarrolló y estimuló una tradición cultual en el santua­rio estatal, aunque no era una tradición "judía" o "israelita". Proba­blemente sufrió influencias de Egipto y de otros países. Todo in­dica que, de hecho, el Templo de Jerusalén podría haber sido un santuario estatal, en el cual los sacerdotes eran también funcionarios del rey.


El Templo de Jerusalén era una empresa "regia", el lugar de la re­presentación del rey y de Dios, venerado por él; pero eran los san­tuarios menores los que daban ple­na garantía de fidelidad a las tra­diciones religiosas de Israel. En realidad no se conocería el rumbo de la religión en Israel si las tribus, en sus santuarios, no hubiesen ve­lado con celo, desde el inicio, por la conservación de las tradiciones de la fe en el Dios de Israel con interrumpida continuidad y ori­ginalidad. Estas tradiciones se ex­tendieron a todos los israelitas, con una cierta tensión con el Estado. De ahí resultaron dos tradiciones que fueron concluidas en el período del exilio y del post-exilio: la tradición deuteronómica, y la sacerdotal, que aportaron muchos escritos del Antiguo Testamento.


Salomón mandó construir su palacio (1 Rs 7,1-51), igualmen­te descrito en sus mínimos deta­lles: origen, mobiliario, naturaleza del material de construcción, equipo de trabajo, etc. 1 Rs 9, 15-24 habla de otras construcciones, como el terraplén llamado Millo, donde se hallaban el palacio y el Templo; la muralla de Jerusalén; y la fortificación de las ciudades de Jasor, Meguiddó y otras.


Las noticias sobre el recluta­miento para el trabajo son contra­dictorias. Según 1 Rs 5, 27 todo Israel era reclutado como mano de obra esclava.


Más adelante, 1 Rs 9, 20-22 dice que la mano de obra era reclutada entre la población no is­raelita de las Ciudades-Estado de Canaán. Sin embargo, la primera versión es más verosímil, porque será una de las causas de la pos­terior ruptura entre Israel y Judá (1 Rs 12,3-4. 14-16). Salomón creó 12 distritos administrativos para sustentar la corte durante los 12 meses del año (1 Rs 4,7-9).


Salomón, rey comerciante: 1 Rs 9, 26 -10, 29: Salomón no fue tan hábil y po­lítico como David. Se caracterizó mayormente por las relaciones diplomáticas que fomentó con los países vecinos mediante el comer­cio (1 Rs 10, 28-29), por medio del matrimonio con mujeres ex­tranjeras de Moab, Ammón, Sidón, Hattu (1 Rs 11, 1) Y con la hija del faraón de Egipto, tenida como esposa legítima, la misma que es mencionada cinco veces (1 Rs 3,1; 7, 8; 9, 16.24; 11, 1). El matrimonio con mujeres extranje­ras era una de las formas de man­tener la buena vecindad con los países vecinos. Confirman esta te­sis los textos bíblicos que hablan de las guerras emprendidas por David contra los ammonitas, los edomitas y otros pueblos, mas no en el tiempo de Salomón (1 Rs 2, 12 -11,43). Tampoco emergen los conflictos que antes envolvían a la autoridad del rey sobre Judá e Israel. Ahora estas cuestiones están apaciguadas.


Extensión territorial en el tiempo de Salomón: Salomón no conservó el terri­torio que heredó de su padre, y tampoco emprendió campañas para expandirlo. Cuando se casó con la hija del faraón de Egipto, dio en cambio la ciudad de Guézer (1 Rs 9,16). Luego cedió a Jiram, rey de Tiro, 20 ciudades de Galilea (1 Rs 9, 11-14), en cambio de mano de obra especializada y de material de construcción. Perdió la parte oriental de Siria, que ha­bía pertenecido al reino de David, y parte de Edom. No se mostró un general activo, aunque tuvo or­ganizado un cuerpo de carros de combate muy entrenado y espe­cializado (1 Rs 10,26-29).


Sombras del reinado de Salomón: 1 Rs 11, 1-43: Entre las sombras del reinado de Salomón aparece el número muy elevado de mujeres con las cuales se casó. Esto indica las muchas alianzas que hizo con los países vecinos, como una forma de mantener buenas relaciones (1 Rs 11, 1). Según el texto, ellas des­viaron del Señor al corazón del rey, introduciendo en Israel a sus dioses y a sus creencias (1 Rs 11, 4 ss.). El Deuteronomio le hace una crítica y una recomendación al rey Salomón: critica sus matrimonios y el lujo que ostenta; y le recomien­da que cargue consigo una copia del libro de la Ley y ponga en práctica sus preceptos y normas (Dt 17, 16-20).


Salomón comenzó a perder prestigio y a empeñar ciudades para pagar la deuda externa. En­frentó la rebelión de Edom (1 Rs 11, 14-22), la de Siria (1 Rs 11, 23-25) Y la del Norte, conducida por Jeroboam (1 Rs 11,26-40), quien había sido encargado de su­pervisar la contribución de la Casa de José a los trabajos emprendi­dos por el rey. Esta situación pa­rece revelar la existencia de una crisis social, debida a una imposi­ción muy pesada sobre las tribus del Norte.


Además de los territorios, Salomón perdió también la simpa­tía del pueblo a causa de los ele­vados impuestos (1 Rs 5,1. 14). Subdividió las tribus del Norte en 12 regiones administrativas (1 Rs 4,7-19) Y estableció que cada dis­trito debía pagar durante un mes del año los gastos del rey y de su casa, apuntando con esto a debi­litar el antiguo sistema tribal (1 Rs 4, 7-19; 5, 7). Los tributos eran obtenidos mediante el trabajo obli­gatorio del individuo y de la co­munidad (1 Rs 5, 27 ss; 2 Cron 2, 16).


Todo esto sólo podía eclosio­nar en la di visión del reino, des­pués de la muerte de Salomón. Luego de la ruptura del gobierno, vino la ruptura cultural y religiosa. Jeroboam restauró el culto en el santuario de Betel, para hacer frente al Templo de Jerusalén (1 Rs 12, 26-33).


El alto precio de la prosperidad: El reinado de Salomón fue marcado por una relativa paz con los países vecinos y por obras faraónicas, como el Templo de Jerusalén y el palacio real. En este período, Israel se hizo conocido como potencia internacional, que asombró incluso a la reina de Sabá, en Arabia (1 Rs 10). Desa­rrolló el comercio internacional, que se volvió una fuente de rique­za para el reino.


Con el comercio exterior en­traron también los cultos idolátricos (1 Rs 11, 7 ss) que des­viaron al pueblo del Dios verda­dero. A pesar de toda la prospe­ridad del reino de Salomón, el pue­blo se sentía oprimido, como si hubiese vuelto a la experiencia de antaño, en Egipto: trabajos forzo­sos, idolatría, persecución políti­ca, miseria, opresión por medio de impuestos y tributos, hechos que confirmaban las previsiones de 1 Sam 8: el rey y la corte oprimían al pueblo como el faraón había oprimido a los antepasados en Egipto. El rey pasó a simbolizar la negación del proyecto fraterno y solidario del Señor. El pueblo, apo­yado por el profeta Ajías, de Silo, se rebeló contra la situación de explotación (l Rs 11,26-12,19).


La monarquía creció a costa de la explotación del pueblo

Las preocupaciones de los tres primeros reyes de Israel, progre­sivamente, fueron: la creación de un ejército permanente que pudie­se defender la producción, así como el pueblo y la extensión te­rritorial; el establecimiento de una capital en la que tuviesen su sede los centros de poder militar, polí­tico, administrativo y religioso; la construcción del palacio que pu­diese acoger a la familia real y a la corte; y, finalmente, la construcción de un santuario estatal para vene­rar a la divinidad protectora del reino.


Tales objetivos exigían la selec­ción de una élite que ayudase al rey a llevar adelante los proyectos de su gobierno. El funcionamiento de esta máquina del Estado exigía mucho dinero, que era recogido mediante impuestos, tributos, ta­sas, guerras y botines de guerra. Eran diversas las formas de explo­tar al pueblo, y fueron aplicadas más fuertemente en el reinado de Salomón.


El reinado de Salomón puede ser retratado, de manera resumi­da, con las siguientes característi­cas: el uso del trabajo casi seme­jante al del tiempo de la esclavitud en Egipto, (l Rs 5, 27-32; 12,4); el gusto por el lujo y la riqueza, al estilo de los faraones (1 Rs 5, 2­3; 7,1-8; 10, 14-23); la unión con princesas y concubinas extranje­ras que "desviaban su corazón hacia otros dioses" (l Rs 11, 1­8); la concentración de riquezas en las manos del rey, considerado el gran detenedor del monopolio es­tatal (l Rs 9, 26-28); todo esto realizado con la aparente bendi­ción del Señor, que "habitaba" en el Templo construido por el pro­pio Salomón (1 Rs 8,1-13; 1 Rs 6-7).


¿Y el pueblo? Continuaba cla­mando a Dios como en el tiempo de la esclavitud de Egipto. El rey moraba en la ciudad protegida por murallas, distantes de los campos y de las aldeas donde vivía y tra­bajaba el pueblo. El clamor popular no llegaba hasta el palacio del rey, situación semejante a la denunciada por Amós dos siglos después (Am 6, 4-6). Las élites, sustentadas por la monarquía, iban introduciendo en la cultura de su época contenidos ideológicos que ayudaban a oprimir al pueblo aún más, y que persistirían a lo largo de los siglos. Estos contenidos van a aparecer en los textos de litera­tura sapiencial, tanto en coleccio­nes más antiguas como en elabo­raciones más recientes. Así, la pobreza era presentada como fruto de la pereza y como maldición, y la riqueza era vista como bendi­ción de Dios por la práctica del bien (Pro v 10,4; 10, 15; 13, 18 colección antigua). Las personas empobrecidas por la opresión del rey y por las injusticias sociales eran vistas como seres inferiores, culpables de su propia situación, flojos e incapaces. El pueblo no tenía voz, nunca; permanecía ca­llado delante de la situación (Qo 9, 13-16 - colección antigua; Sir 13,3-4) Esta discriminación so­cial, después de haber sido asu­mida por la cultura del pueblo, pasa a ser también discriminación reli­giosa y teológica, en la forma de "teología de la retribución": la ri­queza es bendición de Dios; la pobreza, maldición y castigo. Job (siglo V a. C.) presenta esta teo­logía y, con gran perspicacia, la desmitifica.


Con la monarquía, poco a poco el clamor del pobre dejó de incomodar. El mayor robo de la monarquía fue el de quitar la sen­sibilidad de las personas. Esta in­justicia continuó siendo practica­da hasta hoy. Esta lógica se volvió tan normal que el prender fuego a un indio se convirtió en una diver­sión.


Aunque encontramos algunos pasajes contra la monarquía, la mayor parte de las fuentes bíbli­cas relativas a este período le son favorables, tanto las originales, que surgieron durante este período, como las de las tradiciones yahvista y deuteronómica, poste­riores, que hacen su relectura. Contemporáneamente a la mo­narquía unida de Israel, encontra­mos algunas manifestaciones proféticas con características pro­pias y limitadas.

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